5 de abril de 2010

Innovación



El primer día de su jubilación, dejó que el teléfono sonara con el firme própósito de no responder. Pronto se acostumbró a escuchar el ruido de las llamadas como quien oye descargar una tormenta. Tampoco atendía el contestador. Salvo eso, continuó llevando una vida normal. Compraba en los establecimientos de siempre, se cruzaba con los mismos vecinos y salía a pasear con su perro por el parque cercano. A los tres meses, el teléfono enmudeció, aunque él tardó un poco más en percatarse. Tuvo un presentimiento: se averió. Pero decidió no averiguarlo.

Al cabo de un año, comiendo en una céntrica cafetería, vio entrar a un primo suyo con el que hacía muchísimo tiempo que no coincidía. Se acercó a él sonriente, abierto y cercano, invitándolo a sentarse a su mesa. Hora y media después se fueron al cine y, a la salida, quedaron en hablarse y verse más a menudo.

- Te llamo cualquier día de éstos, por si te apetece venir a pescar.
- Mejor te llamo yo....

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