8 de julio de 2010

Caracoles, polipéptidos y un pulpo

En nuestro imaginario infantil, casi todos guardábamos algún que otro brujo que se servía de patas de arañas, uñas de antílope o pelos de mandril para elaborar sus pócimas. Al ir creciendo, supimos de remedios milenarios que compuestos a base de bichejos de todo tipo para curar, alejar el mal de ojo o atraer la buena suerte. La sociedad del libre cambio también se aprovecha de ellos, pues comercializa muchos productos jugando con la procedencia exótica, natural o supuestamente antigua del remedio en cuestión. En los últimos años nos han vendido la baba de caracol como D. Quijote fomentaba el uso del bálsamo de Fierabrás, es decir, para todo lo que se nos ocurra. ¡Vivan los moluscos!

Desde hace unos meses, escucho anuncios radiofónicos que ofrecen cremas con veneno de serpiente para alisar el cutis, frenar la vejez, rellenar arrugas y no sé cuántas excelencias más. Dicen que es un polipéptido (así lo denominan; será para darle mayor empaque científico) que actúa como un verdadero liffting y que, en cuanto te lo aplicas, notas claramente que tu piel se estira. En fin, menos mal que no tienes al reptil cerca porque, si no, pensarías que te ha mordido e inoculado su veneno de verdad. ¡Vivan los ofidios!

Ahora ha surgido en nuestras vidas el pulpo Paul. Con sus dotes adivinatorias, está dejando boquiabierto a los mundialistas futboleros. Reconozco que, cuando me contaron su método, no he podido por menos que alegrarme, porque no es como esos otros videntes que mandan a la gente fumarse un puro para interpretar el destino según las volutas del humo, ni tampoco de los que empachan al público con agua de dudosa procedencia. A diferencia de éstos, el octópodo mismo es quien se zampa unos mejillones que, subrayen esto, se prestan al sacrificio bajo el pabellón de las selecciones deportivas, es decir, que los colocan con banderas y todo. Parece que Paul, hasta ahora, se ha decantado siempre por quienes lucen los colores que después, en el terreno de juego, ganan el partido. ¡Vivan otra vez los moluscos, sobre todo los pacientes mejillones!

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