20 de octubre de 2010

Retoques


Una de las costumbres más extendidas es la de acicalarse. No existe cultura que se libre: desde que el mundo es mundo, con más o menos profusión según épocas, la gente utiliza pinturas, aceites, polvos y cuantos elementos pueda tener a su alcance para verse más favorecida, para contar con la aprobación de los demás e, incluso, para aparentar lo que no se es.
Creo que no se salva nadie, ni jipis, ni clérigos, ni mendigos, estén a favor o en contra del sistema, pues se me antoja que todos ellos utilizan sus ropas para mostrarle al mundo cierta imagen de sí mismos, normalmente la que más les complace a ellos..., o la que quieren vender.
Pero no sólo se adornan las personas, también hermoseamos a nuestras mascotas y los hay que maquillan cuentas, balances, noticias, encuestas... Parece que la realidad a secas no nos satisface y que necesitamos aún la apacible quietud de los cuentos de hadas. Lo malo es cuando alguno se erige en único contador de historias y trata de imponernos su paleta de colores.

3 comentarios:

Helen Ford dijo...

Sí, lo mejor es la diversidad de historias y colores.
¡Viva el arcoiris!

Amparo Quintana dijo...

¡Viva, viva!

Ross dijo...

En el fondo, todo ese acicalamiento, que unos y otros tenemos, va cantando a voces "de qué vamos" por la vida. Sólo falta escuchar el mensaje, pero en ello, hablamos de nosotros mismos. A veces sin darnos cuenta, contamos mucho.