30 de noviembre de 2010

Episodios sicilianos (VII): Ferragosto y mi despacho

Italia cierra entre el 15 y el 16 de agosto. Las populosas calles se vacían de gente, decidida a celebrar en plena canícula una especie de nochevieja veraniega. Al filo de la medianoche, cientos de personas acuden a playas, ríos, piscinas o fuentes para bautizarse con agua de fiesta. Balcones y ventanas se llenan de velas encendidas, esperando la madrugada, para sumergirse, con el alba, en el obligado letargo del día siguiente. Se me antoja que las ciudades se purifican con estos ejercicios de inactividad, en línea similar a lo que Christo Javacheff hace cuando cubre por completo esos objetos monumentales, islotes o edificios emblemáticos.
Acabo de encerrar en cajas de cartón libros, carpetas y papeles. Ya no existen para la vista, han perdido la identidad que albergaban como habitantes de un cajón o un estante. Cuando para ellos llegue su dieciséis de agosto, veré si aún conservan la importancia que les imprimí alguna vez.

Nota: La fotografía fue tomada este Ferragosto pasado, en una de las más céntricas y concurridas avenidas de Palermo. El equivalente a nuestra calle Alcalá, a la altura de Banco de España.

24 de noviembre de 2010

Lo que no me gusta



  1.  NO me gusta la palabra víctima, porque imprime carácter, fagocitando a la persona que denominan así, hasta el punto de estigmatizarla  para siempre.
  2. NO me gusta que hablen a los niños utilizando siempre diminutivos y palabras cursis. Son niños, no idiotas.
  3. NO me gusta el tono de los locutores deportivos cuando retransmiten algún encuentro, especialmente de fútbol. Me pregunto si hablarán así con su familia y amigos.
  4. NO me gusta lo extendida que está la mala educación.  
  5. NO me gusta comprobar que los bancos siguen ganando mucho a costa de los pequeños depósitos, que son precisamente los peor tratados y a los que más fríen con recargos y descuentos.
  6. NO me gusta que abandonen a los animales, ni que los maltraten.
  7. NO me gusta el burka.
  8. NO me gusta que en los restaurantes cobren por un plato lo que cuestan en el mercado dos kilos de la comida que lo compone.
  9. NO me gustan las consignas ni los adoctrinamientos, aunque vengan de "los míos".
  10. NO me gustan los topicazos políticamente correctos. Algún día dejarán de serlo. 
  11. NO me gusta el 99 % del cine que sale de la factoría hollywoodiense.
  12. NO me gusta que, cuando las cosas van mal, a algunos solo se les ocurra añadir algún delito nuevo al Código Penal o endurecer las sanciones de los que había.
  13. NO me gusta ser un coñazo, cuando lo bueno es cojonudo.
  14. NO me gusta que no se pueda cuestionar al Banco Central Europeo o al Fondo Monetario Internacional.
  15. NO me gusta que en muchos pueblos, para festejar a sus patrones y vírgenes, torturen toros, cabras, gallos, etc.
  16. NO me gusta que me toleren. Prefiero que me respeten.
  17. NO me gustan las trampas ni los chanchullos. Por eso me molesta que en mi país se tilde de "listos" a los aprovechados y caraduras.
  18. NO me gusta que mis impuestos los utilicen en mantener conflictos bélicos, aun disfrazados de "acciones humanitarias".
  19. NO me gusta que, por la radio o la televisión, al leer los titulares de la prensa escrita, hagan comentarios subjetivos. Eso debe quedarse para el artículo de opinión, el editorial o la tertulia.
  20. NO me gustan los best seller y menos si aparecen disfrazados de novela histórica. De novela tienen poco, pues les falta creatividad y destreza literaria; en cuanto a la historia, son poco más que el corta y pega de cualquier estudiante de Secundaria con la Wikipedia a mano.
  21. NO me gustan las ovejas merinas. Queda dicho.
  22. NO me gusta la pena de muerte ni la cadena perpetua, aunque existan en países a los que llamamos democráticos.
  23. NO me gusta que califiquen de "tontas" a las personas generosas.
  24. NO me gusta la falta de sentido de humor.... así que, por favor, no se tomen a la tremenda esta entrada bloguera.


El gran ojo

Siempre he sido aficionada a la ciencia-ficción. Además, crecí en una época en que el género gozaba de buena salud y frecuentemente se reeditaban relatos y novelas o se estrenaban películas ambientadas en el futuro.
Muchas de esas obras tenían puntos comunes entre sí, aunque sus autores trataran de aportar alguna nota original. Uno de esos lugares frecuentes era ese ser que todo lo ve, que vigila, acompaña y registra en su cerebro electrónico la vida de las personas. A veces, ese pope de la seguridad avisaba de peligros, advertía de ciertas normas o simplemente hacía cualquier gesto para que los humanos (sobre todo los humanos, por delante de androides o robots) recordaran que nada se escapa al gran ojo.
A estas alturas de blog, casi todo el mundo sabe que viajo en metro habitualmente y, miren por dónde, qué alegría me llevé al comprobar (con permiso de Santiago Auserón) que “el futuro ya está aquí”. Les cuento:
Miércoles 17 de noviembre, sobre las 22 horas. Estación de Cuatro Caminos. Cinco o seis personas por andén, esperando un convoy anunciado para dentro de seis minutos. De repente escuchamos no una voz, sino la voz: ‘No se pongan tan pegados al borde’, dijo de manera asertiva y correcta. Automáticamente, dos jóvenes de unos diecinueve o veinte años pegan un saltito al unísono hacia atrás, dándose por aludidos.
Lunes 22 de noviembre, sobre las 8,45 horas. Estación de Príncipe Pío. Los vagones a rebosar y, aun así, la gente intenta colarse por algún centímetro libre. Otras vez la voz. No era la misma, pero estaba claro que desempeñaba idéntico cometido: ‘El tren tiene cuarenta y dos puertas. No utilicen todos la misma’.
Bien usado, ese ojazo omnipresente puede ayudar en ocasiones. Lo malo es que, como se le cruce a alguien un cable (de su cerebro no-electrónico) y empiece a advertirnos de que el peligro puede morar en la casa de enfrente, o que nos quedan veintisiete minutos para llegar al colegio electoral (a votar, se entiende), o que somos unos descuidados por besar a un bebé sin mascarilla, no le arriendo a nadie las ganancias, pues el final de la historia ya me lo sé y me da miedo. Ahora que hemos matado a Dios, resucitamos fantasmas.

15 de noviembre de 2010

Episodios sicilianos (VI): Con la pancarta a cuestas


Siracusa y Madrid se parecen en algo: sus respectivos cuerpos de bomberos protestan contra sus patronos (es decir, los ayuntamientos de cada villa) y, para hacer visibles sus reivindicaciones, han pintado los camiones con diversos letreros. Allá por donde pasan, la gente no solo se aparta al escuchar las sirenas, sino que también se entera de que son colectivos en lucha.
Me imagino a otros grupos haciendo lo mismo: el profesorado escribiendo sus reclamaciones en la pizarra, en vez de fórmulas y declinaciones; los empleados de correos adhiriendo pegatinas con eslóganes incendiarios en las cartas y paquetes que pasaran por sus manos; los jueces con dorsales encima de sus togas pidiendo más medios materiales y humanos; las empleadas de hogar dibujarían sus demandas en los paños y gamuzas, que obviamente tenderían a la vista de todos... Y yo, a modo de peineta, me colocaré un cartel pidiendo su dimisión.

14 de noviembre de 2010

¿Pero sabe leer?


Acaban de salir al mercado las memorias de Bush, sí el que buscó hasta la saciedad esas armas de destrucción masiva que jamás halló. Reconozco que solo he leído las reseñas y resúmenes que hace la prensa, pues no me veo visitando Amazon con la finalidad de hacer un pedido así. ¡Y miren que he comprado a veces cosas inútiles!.
El caso es que los párrafos entresacados por los comentaristas no tienen desperdicio (y les prometo que he le leído periódicos de varios signos ideológicos, si se me permite esta licencia, pues cada vez aprecio menos matices distintivos entre unos y otros). Todos destacan esa naturalidad que entronca con su querencia por poner pies y zapatos encima de las mesas y, al respecto, quien otrora gobernó el mundo dice: “No importa qué imagen tenga la gente de mí. Ya no importa. Y francamente tampoco me importó entonces”. Al leer esto me lo imaginé con el pecho descubierto, encima de una carroza festejando el Día del Orgullo y cantando a voz en grito la canción que escribieron Nacho Canut y Carlos Berlanga cuando se denominaban “Alaska y Dinarama”. Lo siento, una también sufre visiones de cuando en cuando; debe de ser el estrés...
Ahora bien, lo que más me ha asombrado es que George W. Bush se define a sí mismo como un bibliófilo. Apasionado de la lectura, afirma que durante su mandato no paró de ejercitar la vista con páginas y páginas de libros, hasta el punto de haber jugado con uno de sus asesores a eso de “a ver quién lee más”. Le ganó el otro (110 volúmenes contra 95), pero él ostenta los laureles de ser quizá el humano que más biografías de Lincoln se ha tragado: catorce en total. Aunque lo malo de esto es que se ha identificado con don Abraham, hasta el punto de decir “él también fue vilipendiado por la gente, pero se mantuvo firme a sus principios” .  
Ahora díganme ustedes qué tiene en común un presidente que abolió la esclavitud, trató de evitar por todos los medios la Guerra de Secesión y, al término de esta, promulgó medidas de reconciliación nacional vigentes hasta ahora, con ese otro que ordenó invadir países y en cuyo nombre se bombardearon indiscriminadamente miles de kilómetros cuadrados habitados por hombres, mujeres y niños ajenos a esa locura. Díganme, por favor, si se parecen en algo quien ha pasado a la Historia como baluarte de la unidad y de la dignificación de los hombres, pagando con su vida por ello, con quien ideó “limbos jurídicos” como la prisión de Guantánamo y dio manga ancha a sus militares para emplear la tortura en sus interrogatorios.
Creo que está claro y, salvo que alguien opine otra cosa, Bush Jr. no sabe leer.

13 de noviembre de 2010

Episodios sicilianos (V): Cuestión de espacio


Cada vez hay más vehículos. Las calles no son elásticas y no siempre hay plazas de garaje para todos. A este paso, tendremos que llevarnos el coche o la moto a casa.

2 de noviembre de 2010

Para que no me olvides

Desde pequeña he frecuentado los cementerios. En mi familia es costumbre llevar flores a los familiares y allegados que se marcharon y, cuando su partida es reciente, no sólo se visita las tumbas en noviembre, sino en fechas clave o significativas para quien se fue (onomásticas, cumpleaños, etc.). Además, nunca lo hacemos desde la tragedia o el patetismo, sino desde la tranquilidad que da el haber aceptado el propio ritmo de la vida. Confieso que, cuando me adentré en el mundo de las constelaciones familiares (la cosa va de psicología, no piensen en nada esotérico), me di cuenta de que en mi vida también cuentan los que no están. En cierta forma, van conmigo.
Cuando iba con mi padre, nos entreteníamos leyendo epitafios y descubriendo cosas curiosas. Me enseñó que muchas lápidas reflejan la personalidad del difunto y la idiosincrasia de toda su familia.
Ayer me impactó una tumba de 1942 en la que escribieron: “Después de la muerte no hay nada”. Me fijé en que ocupaba una buena parcela de tierra yerma, sin una mala hierba que la habitara. Tampoco había flores, ni rastro de que las hubiera habido en décadas. Me pareció estar ante la profecía cumplida y pensé en que a su habitante el tiempo le había dado la razón: no hay nada a su alrededor. Contrastaba con otros panteones que, aunque solitarios, mostraban marcas de musgo y líquenes o, incluso, albergaban hierbajos de varias clases.
Después de esto, quise reconciliarme con la vida viendo el mausoleo de Nicolás Salmerón. En estos tiempos tan proclives a recordar, me gustaría traer a colación que, allá por 1873, fue presidente de la I República Española y que dimitió de su cargo por negarse a ratificar unas penas de muerte (de militares carlistas condenados por rebelión y sedición). Fue valiente al poner sobre el tapete sus ideales abolicionistas y renunciar por ello a la Jefatura del Estado, máxime en una época en que apenas se cuestionaba la legitimidad de la llamada pena capital.
No sé si habrá algo después de la vida terrenal, pero Salmerón ha dejado su ejemplo…. para el que quiera seguirlo, claro.