25 de enero de 2013

Seis millones




Las cifras esconden siempre la verdadera dimensión de las cosas. Cuando algo cuesta mucho dinero, optamos por decir que vale “un ojo de la cara” o “un Potosí”, en lugar (o además) de especificar los euros o dólares que  alcanza esa transacción. El interlocutor, a través de un número, se imagina un poco lo que quiere, en esa espiral imaginaria que es el pensamiento abstracto. Si alguien dice que tiene cincuenta años, no es lo mismo que afirmar que casi con toda seguridad ha agotado la mitad de su vida.
Cuando los nazis optaron por tatuar en el antebrazo de sus prisioneros una secuencia numérica, en realidad estaban velando los ojos y la identidad de esas personas. Las arrumbaban a un estrato inferior, con el fin de procurarles la muerte cívica.

Hay seis millones de parados en mi país. Es una cantidad oficial que repiten en radios y televisiones, la refrendan los políticos, la remachan los sindicalistas y la coreamos todos. Parece una malévola oración que, a fuerza de decirla y decirla, pierde su eficacia. ¿Qué son seis millones? El precio de un piso cuando contaban en duros, lo que piden hoy por algún automóvil o alguna de las fianzas que imponen estos días los jueces, en casos de corrupción. Seis millones de personas dan para duplicar la población metropolitana de Roma o París. Supera la cuarta parte de los habitantes totales de España.

Cada cien españoles, veintisiete carecen de empleo. Se dice pronto.

24 de enero de 2013

Aquel 24 de enero



Quien decide estudiar una carrera, sabe Dios qué razones le impulsan a hacerlo. En mi caso, tras un tiempo inclinada a la psiquiatría, el aburrimiento de una tarde llevó hasta mí un libro sobre instituciones romanas. Debía de ser una niña muy rara (tenía escasos catorce años), pues aquella lectura me llevó a unos libritos que andaban por mi casa, donde descubrí legislación española antigua, casi toda ella abolida y dejada sin efecto por la dictadura que imperaba entonces. Terminé aquel curso de lo que entonces se llamaba Bachillerato Superior resuelta a hacer Derecho y aparqué para siempre el sueño de trabajar con diván.

En enero de 1977, cursando COU, la mala fortuna quiso que mataran a unos abogados laboralistas y la coincidencia hizo que uno de ellos fuera hermano de una compañera de colegio. En ese momento di un paso adelante más: no bastaba con estudiar Derecho, yo "tenía" que ser abogada, con todo lo que eso implicaba entonces de sacrificio, compromiso y cierta reivindicación. Jamás me arrepentí de haber tomado esa decisión y, a pesar de que los años me han llevado por derroteros entonces impensables, me siento orgullosa de que aquellos pistoleros, en vez de pánico, sembraran en una adolescente las ganas de cambiar las cosas, de usar la palabra para convencer y no la fuerza para imponer nada. Aquel 24 de enero, en el fondo y a pesar de lo que algunos de ustedes puedan pensar,  llené las maletas con puro realismo, eso sí, supongo que mágico.

NOTA: He sabido que hoy ha aparecido la placa conmemorativa de aquel suceso pintada de rojo y amarillo. Sobran las palabras.


21 de enero de 2013

Días más largos



  
La cara amable del invierno es esa luz que profana el aire dulce y soñoliento del salón de mi casa. Las paredes se tornasolan y el verde ya no es tal, sino la esencia ambarina del optimismo que me sacude, como el big bang agitó aquella vez, y para siempre, la calma del silencio y la espera.

Algo eclosiona en mí siempre en enero, recordándome que se desvanecen las legañas del trimestre más oscuro. Por si fuera poco, caminando por las calles de Lorca,  la semana pasada fui a darme de bruces con un naranjo que exhibía, humilde y digno, los frutos que el letargo incubó en sus ramas.

Los días son más largos. Hay más horas que vivir.