7 de diciembre de 2018

Agua de Estigia





Solo te ruego que no confíes tus oráculos 
a hojas que, revueltas, sean juguete de los vientos”
(Virgilio - Eneida, Libro VI)



Las ramas de los árboles conforman el mundo: acogen con calidez, protegen de la lluvia, ofrecen sombra, prestan su madera para que algunos seres planten ahí sus moradas y dibujan los paisajes de nuestra memoria. En la mía estás tú cuando aún no habías nacido y, sin embargo, ya eras rama en el árbol familiar, pues te esperaba conforme a las instrucciones que di a la cigüeña en aquella carta escrita con letras temblonas, salidas de mi mano preescolar y que apenas podía sostener el lápiz, a pesar del esfuerzo de nuestro abuelo. Se aprende por necesidad, dijo Kafka, y mi necesidad a los dos años era compartir el tiempo con un hermano. 

Hace once días que al árbol le falta una rama y, mientras la brecha va sacudiendo la savia hacia el barro, escudriño el Caronte que tu tocayo Patinir pintó hace siglos y te imagino en esa barca cruzando el lago que te lleva a una orilla distinta, tras haberle pagado el óbolo acordado. 

Las monedas que nos cubren los ojos cuando atravesamos las sombras no son dinero, no son de metal, sino de agua que baña los sentimientos y arrasa las espinas que otrora agujerearon la fe, la esperanza y el amor. El barquero de Hades sabe ahora que mis heridas se han cerrado. Vuela, rama, hacia la luz. 


©️Fotografía A. Quintana. Estación de Lago - Madrid, 6 de diciembre de 2018.



8 de septiembre de 2018

El placer de estar ahí








“Si se limpian las puertas de la percepción, 
todas las cosas aparecen como son, es decir infinitas”
(William Blake)

El 22 de abril de 1912, Egon Schiele se encontraba encarcelado, injustamente investigado por dibujar cosas obscenas susceptibles de escandalizar y pervertir a los menores. A él le debemos una lapidaria frase: “El arte no puede ser moderno; el arte es eterno”.

En efecto, al hablar de arte, no podemos escudriñarlo como se hace con una bacteria al microscopio, pues la obra artística trasciende de clasificaciones. Existen cuadros, frescos o esculturas cuya data solo aporta información acerca del momento en que sus autores tuvieron el gusto o el coraje de hacerlos, pero suscitan las mismas emociones a los ojos de sus coetáneos que a los de generaciones posteriores. A veces decimos que esto o lo otro no fue entendido en su tiempo, pero he llegado a la conclusión de que lo que conturbó en 1900 también es capaz de hacerlo en 2018. 

El arte es eterno y, así, el Goethe de 1786 anotó el 3 de diciembre de aquel año que empezaba a gustarle la antigüedad romana, su historia, las inscripciones, monedas y todas las cosas que, según él, le habían hecho sentir lo mismo que su amor por las ciencias naturales. Como no acertaba el alemán a quedarse con un aspecto de Roma, zanjó la cuestión escribiendo ese mismo día que era el entorno lo que le hacía sentir y experimentar el placer de estar ahí. 

Eso es el arte, el entorno de lo bello, de lo apriorísticamente inútil, de la necesidad de lo innecesario. Lo mismo lo configuran las manos de un orfebre que la tinta del bolígrafo de quien escribe versos... y nos envuelve en un viaje sin billete de vuelta. 


©️Fotografía: A. Quintana. Paestum, 8 de agosto de 2018.



Lungomare


"La verdad no está en un sueño, 
sino en muchos sueños"
(Pier Paolo Pasolini)


El pensamiento del corazón me llevó al Jardín de Minerva, donde averigüé que el aire de mi balanza se convierte en tierra cuando mis males se curan. “Contraria contrarii curantur”.

Las calles recitan pensamientos y escupen dibujos, como salmodia especial en un mundo donde solo unos pocos se detienen a escuchar lo que no hace ruido. A lo lejos, atisbo a Pasolini en forma de teatro o, mejor dicho, como fantasma que lo habitará por siempre. Fantasma bueno, fantasma amigo, espíritu quieto en un mar que rompe sus olas contra toda la fealdad e ignominia. 



©️Fotografía A. Quintana. Salerno, 11 de agosto de 2018.

31 de marzo de 2018

Mao no es Mao






A estas alturas, las sorpresas que me puedo encontrar en una exposición de Warhol me las proporcionan las personas que acuden a ver sus obras. Ni que decir tiene que aún concita a un buen número de jóvenes ávidos de fotografiarse con sus vacas multicolores y los retratos serigrafiados. Ahora bien, echo en falta una interpretación certera de su obra porque, si para Magrittte una pipa no era una pipa, para el bueno de Andy muchas de sus cosas no se entienden desde la interpretación lineal y absurda que lo relegan al capacho de los diseñadores publicitarios. Quiero decir que sus producciones están llenas de crítica y humor ácido, como el aparentemente inofensivo plátano de la Velvet, cuya piel, sin embargo, te hace resbalar si no pisas con destreza. 

El otro día,  ante el retrato de Mao, escuché en la boca de una veinteañera lo que, para Arrabal o cualquier ácrata de pro sería el culmen del retruécano. Dirigiéndose a quien me pareció era su madre (una mujer de mi edad, aproximadamente, pero más enseñorada yo, a juzgar por el aspecto), le espeta sin pestañear lo siguiente: “aquí está el coreano otra vez; lo vemos en todas partes”. La supuesta progenitora no corrigió el error, pero si lo comento aquí es porque me marché a mi casa pensando en el vuelco que ha dado el mundo y en que lo que creíamos importante hace dos o tres décadas,  ha perdido interés. 

No me sorprende tanto que alguien confunda a Mao con Kim Jong-un, cuando la vestimenta, las facciones y lo que transmiten son casi lo mismo: un régimen dictatorial y represivo. Lo que me sorprende es que esa criatura (y seguramente algunos más de quienes hayan visto o vayan a ver la exposición) no sea capaz de deducir que, habiendo fallecido Warhol en los años ochenta (como ponía en los carteles que se supone debía leer a la entrada), resulta imposible que hubiera inmortalizado al actual presidente norcoreano. 

Con independencia de que me duela que la gente consuma cultura como quien engulle bollos o se compra camisetas, es decir, sin pensar y sin sentir, lo cierto es que, en mi reflexión postrera, llegué a la conclusión de que Mao dejó de serlo cuando una mañana vimos su apellido escrito en piyin, y el Tse-Tung con que crecimos se disolvió en el agua de un Zedong posmoderno que, tras estrechar la mano de Nixon en 1972, empezó a sentar las bases de lo que sería su imagen para las generaciones venideras: nadie. 


©️ Fotografía A. Quintana. Madrid, marzo de 2018. Exposición “Warhol, el arte mecánico”.