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18 de abril de 2013

Cuando los cines cierran




La distribuidora “Alta Films” está en apuros. Desde hace años, viene ofreciendo a la gente, a través de una red de establecimientos por varias provincias, una programación en general de calidad, muy volcada en el cine de lo que yo llamaría “autor con tirón” y en productos españoles e iberoamericanos. Tengo que aclarar que no son mis cines favoritos, aunque acudo a los Renoir y Princesa de Madrid regularmente. Tampoco son mis salas predilectas, pero ocupé una butaca el segundo día que abrieron al público y las prefiero a otras muchas. No comparto el tinte comercial de algunas de sus propuestas, pero también he visto allí bastantes de los mejores filmes de las últimas décadas y algunos de los más interesantes y novedosos.

Si nada lo remedia, de las doscientas salas que en la actualidad regenta “Alta Films”, en fechas próximas quedarán solo veinte y creo que este suceso no debe evaluarse solamente en clave de gestión empresarial, porque cuando los cines se cierran la sociedad queda herida y se empobrece. Las medidas económicas que incrementaron en mi país, de manera abrupta y desmesurada, el IVA destinado a eventos y productos culturales, recortando paralelamente salarios y pensiones, empieza a echar sus frutos: menos dinero, menos entradas vendidas. No hacía falta ser una lumbrera para percatarse de eso hace un año, cuando los artífices de tamaño despropósito se frotaban las manos pensando que así iban a recaudar mucho más. Me temo que jamás sabremos el nombre completo del genio que ideó ese plan, pero propongo llamarlo diablo, pues diabólico es todo lo que acontece en España de un tiempo a esta parte.

Me indigna que la crisis económica se lleve por delante los reductos que nos quedan a quienes preferimos estar a solas con una película y observar el mundo a través de la mirada personal de quien la dirige y, si es en la lengua que hablan sus actores, sin doblajes y sin cortes, muchísimo mejor. Lamentablemente, desde que la memoria me alcanza, he visto demasiados cines convertirse en supermercados, bingos, almacenes y cafeterías, cuando no algo peor: pasto de piqueta. Para quienes comparten mi ciudad, probablemente habrán disfrutado o escuchado hablar del Imperial, Palacio de la Música, Tívoli, Benlliure, Salamanca, Marvi, Victoria, Aragón, Barceló, Covadonga, Azul, Rex, Texas, Roma, Príncipe Pío, Universal, Bilbao, Fuencarral, Vox, Proyecciones, Velázquez, Albéniz, Oráa y tantos otros. Algunos, los más afortunados de los cines, sobreviven disfrazados de teatros, pero quienes un día nos sentamos frente a sus pantallas, percibimos aún el aroma de tantas tardes cargadas de imágenes e historias en movimiento.

Son legión las personas que se han formado con películas al calor de una sala oscura y en compañía de gente anónima, que aprendieron a ser amables, a amar, a colocar en el mapa Tokio o Melbourne, a diferenciar un coyote de un dingo, a bailar y a imaginar mundos distintos. Existen cientos de realizadores cuyas obras únicamente son exhibidas en salas como las de “Ata Films”, pues otras distribuidoras se decantan por productos más rentables a corto plazo. Y no me refiero solo a autores noveles o ignotos, sino algunos sobradamente conocidos, como Woody Allen, Abbas Kiarostami, Manoel de Oliveira, John Waters, etc., cuyas pelis muchos aficionados esperamos con emoción a que se estrenen o repongan.

El cine es arte, es pasión, es cultura y es una forma de ser mejores. Por eso, cada cine que se cierra es una vuelta a las cavernas.


25 de marzo de 2013

Animales y alimañas




Esta mañana he sabido que el toro Ratón se ha muerto. Para quienes no estuvieran familiarizados con el astado, les diré que se trataba de un animal famoso por su fiereza y bravura en festejos, saraos y celebraciones patrias. Los ayuntamientos y pedanías se peleaban por contar con Ratón entre sus atracciones porque, pásmense, tenía en su haber un buen número de heridos y algunos fallecidos. Es decir, el caché del animalito subía a la misma velocidad que la adrenalina de cuantos mozos y mozas salían a gritar, empujar, dar patadas o saltar por encima del morlaco. Bien es sabido que hay quienes no se divierten si no es demostrando a la comunidad su osadía y arrojo, resto sin duda atávico de cuando nos esperaban fieras espantosas a la salida de nuestra cueva y teníamos que darles muerte para alimentarnos o simplemente seguir vivos. Ahora bien, entonces nos cubríamos con pieles y ahora lo hacemos con pantalones y camisetas de marca.

Mientras escuchaba la noticia, he pensado en el toro y el nivel de estrés que habrá acumulado a lo largo de sus correrías por plazas, pueblos y aldeas. ¿Merece la pena hacer sufrir así a un ser vivo? ¿Hasta cuándo seguiremos los españoles festejando cualquier cosa con el sacrificio de un animal? Aunque el regodeo y el espectáculo de mis compatriotas no haya sido la causa directa del fallecimiento del bovino, no puedo por menos que empatizar con él y sentir por unos instantes cómo sería mi vida si me obligaran a embestir continuamente, salir corriendo tras las piernas y brazos de gente que vocifera y me pega, huir de cigarros encendidos que me acercan a la piel, aguantar cubos o manguerazos de agua fría, resbalarme por calles pegajosas y malolientes, soportar alguna que otra vomitona a escasos metros  de mí y, además, sobrellevar como pueda el apelativo de “asesino”.

Si esto es acervo popular, yo elijo otro camino.

1 de marzo de 2013

“… y Dios parecía dormido”




A pesar de que no he conocido ninguna, o tal vez por eso mismo, crecí con historias de la guerra y la posguerra. Y digo “la” porque es la que ha marcado a varias generaciones de españoles y, de alguna manera, todos somos hijos de tamaño dislate, aunque afortunadamente naciéramos muchos años después.

Aquellos relatos, me los contara quien me los contara, siempre eran tristes, porque, en el fondo, todos sentían que habían perdido la inocencia y el candor de quien confía en sus semejantes. Yo me imaginaba la guerra como el hacha que cercena los pies a un corredor y pronto me di cuenta de que es mejor no cruzarte con ese jinete apocalíptico, que siembra la geografía de hambre y muerte, marchita las ilusiones, impone las reglas del juego y provoca la injusticia que más duele, que no es otra que la de las cosas cotidianas.

Cuando estrenaron la película “Canciones para después de una guerra”, de Basilio Martín Patino, mi padre era joven. Él fue un niño de la posguerra, de la escasez que inundaba las calles de Madrid, a la que no podía sustraerse, porque tenía ojos en la cara y, a pesar de que no le faltó lo indispensable (y algo más) en esa España del racionamiento y el estraperlo, creció sabiendo que también era víctima de la sinrazón, de la brutalidad y de la tropelía que ni él ni sus compañeros de clase ni sus amigos de juegos habían provocado.

Al terminar el filme y encenderse las luces de la sala, observé que mi padre tenía los ojos enrojecidos y la congoja a la altura del cuello. Haciéndose el fuerte ante sus hijos adolescentes, nos incitó a que habláramos nosotros. Si algo recuerdo de nuestra conversación mientras nos llevaba a la casa de mi madre, fue la idea de que unos pocos montan el guirigay y todos los demás sufren las consecuencias.

Estos años de crisis están sumiendo a la población en una posguerra teñida de sepia. No ha habido guerra previa con tanques ni bombardeos aéreos, porque ahora todo es más sofisticado y sutil. En esta España que parecía desarrollada y moderna, son muchas las familias que viven de la pensión de los abuelos, también se suicidan personas abrumadas por las deudas, hay niños que van al colegio malcomidos, gente que pierde su casa, ancianos que no pueden comprar las medicinas, cierran empresas, surgen esclavos, se llenan a diario los comedores sociales y desde arriba dicen que “entre todos” debemos seguir haciendo esfuerzos para levantar el país y salir de este bache.

Como siempre, quien no ha provocado el caos ni está contribuyendo a aumentarlo, se ve obligado a subir al ring para pelear con los frutos que han dado políticas ineficaces llevadas a cabo por gente inútil aupada y respaldada por tahúres y vividores. Y yo ahora me pregunto quién, dentro de cuarenta años, pondrá música a la película que entre todos estamos rodando.

Benedicto XVI, en su última aparición pública hace dos días, ha dicho que “las aguas bajaban agitadas y Dios parecía dormido”. Si cualquier dios, no solo el católico, encarna la esperanza y la fuerza, tal vez lo tengan secuestrado, narcotizado y amordazado.  

24 de enero de 2013

Aquel 24 de enero



Quien decide estudiar una carrera, sabe Dios qué razones le impulsan a hacerlo. En mi caso, tras un tiempo inclinada a la psiquiatría, el aburrimiento de una tarde llevó hasta mí un libro sobre instituciones romanas. Debía de ser una niña muy rara (tenía escasos catorce años), pues aquella lectura me llevó a unos libritos que andaban por mi casa, donde descubrí legislación española antigua, casi toda ella abolida y dejada sin efecto por la dictadura que imperaba entonces. Terminé aquel curso de lo que entonces se llamaba Bachillerato Superior resuelta a hacer Derecho y aparqué para siempre el sueño de trabajar con diván.

En enero de 1977, cursando COU, la mala fortuna quiso que mataran a unos abogados laboralistas y la coincidencia hizo que uno de ellos fuera hermano de una compañera de colegio. En ese momento di un paso adelante más: no bastaba con estudiar Derecho, yo "tenía" que ser abogada, con todo lo que eso implicaba entonces de sacrificio, compromiso y cierta reivindicación. Jamás me arrepentí de haber tomado esa decisión y, a pesar de que los años me han llevado por derroteros entonces impensables, me siento orgullosa de que aquellos pistoleros, en vez de pánico, sembraran en una adolescente las ganas de cambiar las cosas, de usar la palabra para convencer y no la fuerza para imponer nada. Aquel 24 de enero, en el fondo y a pesar de lo que algunos de ustedes puedan pensar,  llené las maletas con puro realismo, eso sí, supongo que mágico.

NOTA: He sabido que hoy ha aparecido la placa conmemorativa de aquel suceso pintarrajeada. Sobran las palabras.


21 de octubre de 2012

La ventana indiscreta, o váyase, señor…



  
Hay días que, al asomarte a la ventana, además de las nubes que vaticinan lluvias, la soledad del anciano que maquinalmente recoge su alcoba y los colores del televisor de algún vecino, percibes que un hombre fisga los contenedores de basura. Con medio cuerpo dentro, revuelve las bolsas, abre algunas, rebusca entre sus desperdicios y las vuelve a dejar donde estaban. Así hasta cuatro contenedores distintos.
Hoy no ha habido suerte; nada que aprovechar. Nadie ha tirado yogures a medio comer, ni peras pochas, ni el trozo de filete que desecha el niño melindres.
Al cuarto de hora aparecen dos jóvenes. Idéntico ejercicio. Parece que les acomoda un cubo viejo de fregona y desaparecen con su tesoro calle arriba.
Lo que hasta ahora solo había visto de noche, pasando por algún centro comercial recién cerrado, o en reportajes de la prensa, resulta que ya lo tengo debajo de mi ventana.
Mientras la congoja se me expande por dentro, maldigo esa publicidad de Contrarreforma que pretende hacer creer por ahí fuera lo felices que son los españoles cuando les quitan la esperanza de mejorar. Denigro a los corifeos que se echan las manos a la cabeza cuando las personas decentes imprecan a los políticos y a los que la emprenden a palos con los soñadores.
Lo que a mí me asombra es que nadie en las Cortes pida la dimisión de quien preside el banco azul.

19 de junio de 2012

Rebobinando




Una de las más grandes conquistas humanas ha sido la facultad desarrollada durante siglos para mejorar la herencia de los antepasados y, en consecuencia, dejar un futuro más prometedor a los descendientes. Esto ha sido así generación tras generación, en unas épocas más rápidamente que en otras, pero siempre de la misma manera. En términos generales y sin ahondar mucho, podemos afirmar que el siglo veinte fue mejor que el quince y que este último adelantó en progreso al nueve o siete. No me refiero solamente a los avances técnicos, sino a ese conjunto de valores y principios que hacen que las cosas sean de una determinada manera y que, respecto a ellas, la sociedad conviene que no hay marcha atrás, porque se trata de un paso más hacia el ideal común de felicidad y prosperidad. 
El Derecho, que siempre ha ido e irá detrás de los cambios sociales, acaba consagrando las normas que apuntalan esos principios y, de esta forma, penaliza o promueve las conductas que respectivamente atentan contra ellos o los desarrollan. Cuando la facultad legislativa de los países se adelanta a dichos cambios sociales, se producen desajustes, malestar entre los destinatarios de las leyes y, a menudo, involución. 
Recuerdo que mi profesor de Hacienda Pública hacía siempre en sus exámenes una pregunta “creativa”. Entre el sistema de tasas, el valor añadido, las exacciones parafiscales y demás jerigonzas,  se descolgaba con cuestiones de este tenor: “Mencione la persona o el personaje que más le ha llamado la atención durante sus vacaciones navideñas y explique las razones”. ¡Y ojo con no responder, porque todas las preguntas se computaban! Si bien entonces no comprendí su método docente (y creo que mis compañeros tampoco, aunque nos hacía gracia), ahora daría la mitad de mi hucha por que su espíritu acompañara a tanto mandatario, tanto ministro de economía, tanto G-20 y tanto brujo financiero. Porque me parece a mí que se han olvidado de lo principal: las personas. 
Me pregunto, al hilo de todo esto, si con tanto reajuste y tanta medida draconiana para alargar la agonía de un sistema que se desmorona, no estarán nuestros próceres legislando por delante de lo que la sociedad reclama y, por ende, de espaldas a ella e imponiendo unas pautas en contra de la voluntad del pueblo soberano. Siendo capaces de hacer repetir elecciones hasta que salga un resultado partidario de las teorías dominantes, aboliendo alguno de esos hitos históricos que significaron progreso y bienestar, la involución está servida. Para ir haciendo boca, les planto a ustedes una fotografía del barrio donde me crié. Está tomada unos años antes de nacer yo. Pero no desesperen, que con el tiempo volverán a ver Arturo Soria así. Es cuestión de rebobinar la casete.

6 de abril de 2012

Virtudes cardinales: la templanza


In memoriam de un jubilado griego

Aplicado a las personas, "templado" no es sinónimo de "tibio", apelativo este que atribuimos a quienes prefieren aparentar equidistancia, no porque sean ecuánimes, sino porque siempre juegan a caballo vencedor. 
Por el contrario, quienes actúan con templanza anteponen la voluntad de proceder honestamente sobre el instinto de salvarse de la quema.
Europa se ha convertido en la alumna adelantada, cruel y bárbara, del Saturno que devoraba a sus hijos, pues empuja a sus habitantes más necesitados a las ascuas de la desesperación. Impone sacrificios a quienes ya no pueden ofrecer nada más, porque les han ido arrebatando empleo, subsidios, rentas, vivienda, poder adquisitivo y hasta la ilusión de vivir.
Me ha conmocionado que un jubilado de setenta y siete años se haya pegado un tiro frente al parlamento griego. De clase media y sin esperanza de mejora, contemplaba para sí un futuro de búsqueda de comida entre la basura, porque en su país los salarios y las pensiones van mermando cada día, a pesar de que los precios suben, los intereses bancarios se disparan y los políticos parlotean sin parar.
Suicidarse en esas condiciones, para mí, supone un ejemplo de templanza, pues a cualquier otro su instinto le hubiera llevado al asesinato de quienes disponen de las ilusiones ajenas. Me duele que haya sido un hombre ajeno a los desmanes de los mercados, quien haya pagado con su vida los trucos y las artimañas de esos mandatarios con el alma vendida al diablo.
En este blog he dedicado varias entradas a los griegos, ciudadanos a quienes respeto y con quienes me identifico en esta crisis que ninguno de nosotros hemos provocado y ni tan siquiera contribuido a que se mantenga indefinidamente. Me pregunto hoy cuánto conseguirá recaudar el gobierno español con la amnistía fiscal que anunció hace dos o tres días. El dinero sucio jamás aflora, porque sirve para anclar en él los principios que sostienen a un  sistema caduco, desalmado y desquiciado.
Descanse en paz quien ya no pudo aguantar más.

NOTA: Sí, han visto bien. La fotografía es de Auschwitz-Birkenau, una instantánea que tomé el verano pasado. Hagan ustedes todas las asociaciones de ideas que quieran entre la imagen y el texto. A mí me sobran las palabras.