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23 de febrero de 2021

La Bastilla de la dignidad

 



El otro día leí la siguiente frase: “Una revolución solo es de fiar si arranca con un beso”. Pertenece al actor Juan Codina y la suelta a propósito de la obra teatral Marat-Sade, donde él interpreta al político de la bañera.  El texto de Peter Weiss plantea un dilema interesante: el pensamiento crítico e individual que defiende Sade, llevado al extremo, conduce al nihilismo, mientras que las razones sociales que defiende Marat, al fanatismo. Y en mitad de la horquilla de ambas posiciones, quizá nos encontremos cualquiera de nosotros, oscilando hacia un lado u otro, poniéndonos a salvo de quienes dicen querer salvarnos y buscando los besos que la vida nos regala de múltiples formas. Es probable que, cada vez que nos encontramos a gusto con nosotros mismos y somos capaces de mirarnos de frente sin disimulo, estemos emprendiendo una revolución contra el caos que nos circunda.


Cuando nacemos, al menos en mi época, a los neonatos no se nos besaba; lo primero que percibíamos era un cachete en las nalgas para hacernos llorar y despegar así unos pulmones chiquitos y tímidos. Salimos del agua y llegamos a tierra firme con lágrimas, como pequeños náufragos que el mar expulsa a la arena. Me pregunto si, en lugar de darnos un azote, alguien nos besara, nuestra relación con el prójimo pudiera ser más sana, más benigna y  afable, pues resulta que, en esa etapa primera de nuestra existencia, las neuronas del cerebro son tan maleables que podemos aprender prácticamente de todo.


En este sentido, el neurocientífico Xurxo Mariño, en su libro “La conquista del lenguaje”, mantiene que las tres características más importantes del género humano son, en conjunto, el lenguaje, el pensamiento simbólico y la autoconsciencia. Otros animales pueden tener, en menor o mayor medida, alguna de ellas, pero las tres capacidades juntas la tenemos exclusivamente nosotros. Afirma también este autor que durante el primer año de nuestra vida podemos reproducir todos los fonemas y que luego esta capacidad va muriendo, de ahí que, al aprender un idioma nuevo, a menudo se llega antes a la comprensión de lo que se escucha que a poder reproducir correctamente sus sonidos. Se diría que lo que llamamos aprendizaje sea en realidad una deconstrucción de nuestra naturaleza; menos mal que, en un mundo paralelo, existe alguien como nosotros que está a punto de nacer y puede enmendarlo todo (veo un bebé que pasa a mi lado y por su mirada comprendo que no es un ser incompleto, sino que en sí mismo recoge todo el potencial que la Historia y la evolución nos depara como especie). 


Hace un año, mirábamos la pandemia que nos asola como si fuera un espejismo, una mala gripe, un juego de chinos y murciélagos. Hoy, cuando algunos nos sentimos como en el día de la marmota, perdidos en un océano de dudas, leo a Ovidio para convencerme de que solo vencemos si cedemos  ante quien maneja el poder y reflexiono al respecto llegando a la conclusión de que esto es así porque el poder es ególatra y en el fondo débil, atonta a quien lo posee y le hace caer en sus propias trampas.


Sabido es que Sade pasó veintiséis años de su vida encerrado por diversas acusaciones que en el fondo eran una sola: pensar de forma libre e independiente. Estando en La Bastilla, poco antes de su toma por parte de  los revolucionarios de 1789, los carceleros irrumpen en su celda y, sin permitirle recoger sus pertenencias, lo trasladan al manicomio de Charenton.  Por este traslado y el posterior asalto a la fortaleza el 14 de julio, se pierden quince manuscritos que, según nuestro marqués, estaban listos para mandar al editor. Me es fácil escuchar a Sade cuando abro el armario de mi ropa; le oigo perfectamente decir que trabajó sin cesar en La Bastilla, pero destrozaron y quemaron todo cuanto había. Dice que por la pérdida de aquellos manuscritos lloró lágrimas de sangre y cayó en la desesperación. Las camas, las mesas o las cómodas pueden reemplazarse, pero las ideas no. 


Si Sade se esconde entre vestidos y jerséis, quien se ha acomodado en la cocina es Oliva Sabuco, una albaceteña que en el siglo XVI escribió "Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre”, un tratado sobre la búsqueda de la felicidad y el cuidado de la salud basado en la buena conversación, el disfrute de la música y la naturaleza, así como en el control y armonía de las pasiones y emociones. Se me presenta como filósofa y, coquetea ella, me indica que el propio Lope de Vega le dedicó el más dulce de los piropos para una mujer de letras, pues  la denominó “la décima musa”. 

Parece que en su época fue una autora muy reputada y, por su estilo literario, sus contemporáneos llegaron a compararla con el mismísimo Cervantes. ¡Lástima que los conflictos familiares, derivados de que su padre se casó con una muchacha muy joven, quebraron para siempre la relación paterno filial!


— Y cuando digo para siempre — me indica Oliva — es para toda la eternidad, pues dejó escrito en su testamento que mi libro, tan alabado y bendecido por la sociedad de mi tiempo y que a él mismo le sirvió para presumir de hija, lo habíamos escrito juntos. ¡Imagínese cuánta ponzoña puede albergar el corazón de alguien cuando la envidia se apodera de sus bilis! Y esa es la razón por la que la comunidad científica ha estado y está aún dividida en cuando al nombre del autor de mi obra, cuando le puedo asegurar a usted que soy yo la artífice y por eso Felipe II me otorgó el privilegio de autoría. 


Yo la creo y no me hacen falta sesudos tratados o estudios en que basar mi convencimiento, toda vez que confiar en alguien siempre es cuestión de fe, de intuición y de esperanza, nunca de entendimiento. 


En fin, mi Sade llorando aún por sus manuscritos perdidos, la señora Sabuco clamando por su autoría puesta en entredicho y, como quien no quiere la cosa, escucho por la radio que ha de fomentarse el estudio de carreras científicas y técnicas por parte de las mujeres.  El aparente buenismo de esta idea se me antoja diabólico  y me recuerda aquellos tiempos en que las ciencias estaban tan desmesuradamente valoradas que, por ejemplo, en mi curso de COU de 1976-1977, de cuarenta niñas solo diez nos decantamos por carreras de letras. La mayoría de mis compañeras de aquel año engrosaron la nómina de médicas, arquitectas, químicas, biólogas, farmacéuticas, veterinarias, psicólogas, ingenieras de este país… Y era la España preconstitucional, por si no se habían dado cuenta. Sin embargo, somos muchas las mujeres que hemos elegido ser lingüistas, historiadoras, dibujantes, abogadas, violinistas, actrices o teólogas sin que ningún patriarcado nos lo haya impuesto, afortunadamente. Y también somos muchas las que pensamos que lo importante es estudiar y adquirir cultura para aprender a pensar por nosotras mismas, por si a papá Estado se le ocurre un día tomar La Bastilla de nuestra dignidad y sumirnos en una tarde azul y larga, donde el tren de los deseos vaya en sentido contrario a nuestros pensamientos, como en los versos de Paolo Conte. Y entonces nos preguntaremos si no era preferible que, al nacer, nos besaran con mucho mimo en lugar de darnos un azote.


NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado en febrero de 2021. 

 Música para acompañar: “Azzurro”, Paolo Conte: pinche aquí

Fotografía ©️Amparo Quintana. Madrid, 5 de enero de 2021

3 de enero de 2021

Por una lógica cuántica o los silogismos del Universo

 



“Aquí estoy flotando alrededor de mi lata

muy por encima de la luna. 

El planeta Tierra es azul” 

(David Bowie - Space Oddity) 



Cuando hablamos de la Edad del Hierro o del Bronce e, incluso, del Siglo de Oro, nos referimos al hilo conductor que encadena los millones de chispas y partículas que conforman una parte de la Historia, una determinada época. El método científico es dado a definir, etiquetar y clasificar y, como desde hace siglos se intenta aplicar esta metodología prácticamente a todo, resulta que los seres humanos nos sentimos huérfanos cuando nos levantamos un día sin un rótulo que echarnos a la boca. El “yo Jane, tú Tarzán” de aquellas películas interpretadas por Johnny Weissmüller se me antojó siempre el epítome del cartesianismo más ortodoxo, como si todo se redujera a eso, a aplicar la lógica a lo que de por sí no es lógico ni puede serlo. Una relación entre Jane y Tarzán escapa de las leyes de la razón y, sin embargo, nuestros corazones han sabido siempre que dos y dos pueden ser tres si aplicamos otro tipo de pensamiento. De la misma manera que hoy somos capaces de hablar de física cuántica sin que nos llamen ignorantes, abogo desde ya mismo por ser valientes y profundizar en las raíces de otra lógica, la lógica cuántica o lógica a saltos, que viene a ser lo mismo. 


Franco Vazza y Alberto Feletti, de la La Universidad de Verona se han centrado en el estudio comparado de dos de los sistemas más complejos de la naturaleza: la red cósmica de galaxias y la red de células neuronales del cerebro humano y han llegado a la conclusión de que ambas tienen muchas similitudes tanto morfológicas como funcionales. Estos investigadores, astrofísico uno y neurocirujano el otro, han dado con la clave de la Ley de la Correspondencia del Kybalión, es decir, que "como es arriba, es abajo y  como es adentro, es afuera”. 


Leí tan apasionante noticia la misma semana que me topé con otra también preciosa para estos mundos paralelos. Resulta que un equipo de investigación de la Universidad John Moores de Liverpool ha descubierto una galaxia fósil escondida en las profundidades de la Vía Láctea. Parece que podría haber chocado hace 10.000 millones de años, cuando nuestra galaxia aún estaba en su infancia. Los astrónomos la han llamado Heracles, en honor al héroe griego cuya nodriza y madrastra, Hera, derramó su leche formando ese camino de estrellas donde se esconde la Tierra. 


Los astros que originalmente pertenecían a Heracles representan aproximadamente un tercio de la masa que tiene el halo de la Vía Láctea actualmente, lo que significa que esa antigua colisión debió de ser muy grande e importante, por lo que podemos concluir que nuestros orígenes como galaxia han sido muy moviditos. No es de extrañar que tengamos el mundo tan revuelto y nuestras mentes tan agitadas.  


Siguiendo con paralelismos, estos días también hemos tenido al hijo pródigo  cerca, pues un cohete usado en una misión espacial de 1966 se ha acercado a la órbita terrestre. Como los padres del mismo, es decir, la NASA, no esperaban tan inusual visita, durante todo el verano estuvieron temiendo que fuera un asteroide que chocara contra el planeta azul y, a falta de dinosaurios, desapareciera la especie humana. Pero, qué va, genéticamente es terrícola, propaga el aroma de las barras y estrellas que lo parieron y lleva una temporada asomándose al balcón para vislumbrarnos, acercándose y  alejándose el muy vergonzoso. Lo imagino sacando su dedito, señalando hacia Cabo Cañaveral diciendo “mi casa”. Parece que no comporta ninguna amenaza palpable, pero hay un dato que me inquieta, pues ese cohete es el símbolo de la soberbia con que los de nuestra especie contaminamos por tierra, mar y aire. Lanzamos artefactos fuera de órbita y los abandonamos pensando que somos los dueños del Universo, aplicando la lógica academicista de que seguramente se desintegrarán o que acabarán en el jardín del vecino, es decir, en otro astro por ahí perdido, lejos de nosotros. 


Y es aquí donde se cumple del séptimo axioma del Kybalión o ley de la causalidad, porque toda causa tiene su efecto y todo efecto tiene su causa, así que no nos extrañemos si un día vuelven a expulsarnos del Edén por no haber sabido utilizar adecuadamente nuestras facultades y fortalezas, que también las tenemos. 


Al salir del teatro hace unos días, se me pegó a la sisa Alan Turing, a quien le debemos muchas cosas en el mundo de las matemáticas y cuyo artefacto conocido como “máquina de Turing” descifró el llamado código Enigma de los nazis, por lo que, según cuentan los historiadores, la II Guerra Mundial  se acortó en meses o años. 


Parece que, con motivo de la representación de parte de su vida en los Teatros del Canal, se ha paseado entre bambalinas, sentado en el patio de butacas e, incluso, ha gastado bromas a los actores, soplándoles en las orejas o tocándoles el hombro. Y como yo asistí a la función el último día que se representaba, pues no ha tenido mejor ocurrencia que venirse a casa.  Ha fundado el grupo de trabajo “Algoritmos sin fronteras” y, mientras Voltaire y los suyos ponen al día los capítulos de la Enciclopedia, él se afana en producir máquinas de parchís para jugar sin fichas ni dados materiales, solo con la fuerza de nuestros pensamientos, dice. A él se le han unido Freud, André Breton y Magritte, muy interesados los tres en servirse del artefacto para jugar con el inconsciente y alterar las reglas de este pasatiempo tan castizo, aunque de origen indio. 


No niego que alguna trifulca tienen. El último rifirrafe fue a cuenta de los derechos de autor, lo que no alcanzo a entender, porque yo pensaba que en el más allá dejaban de tener importancia cuestiones como esas. Pero veo que no, que igual que en la infancia está el germen de nuestra vida de adultos, la experiencia mortal siembra nuestros genes inmortales. Así que, en mitad de esa discusión, se me acerca Turing y me pide que medie, arbitre o intervenga de alguna forma, porque a él le ha regresado la tartamudez y no puede expresarse adecuadamente. 


— ¿Y qué puedo hacer yo? — le digo, un tanto confundida 

— No tengo experiencia en mujeres, pero creo esos tres respetan mucho a su sexo.

— Hombre, que Freud respete a las de mi sexo está por ver. A él debemos que durante mucho tiempo mis contemporáneos hayan creído que la histeria es propia de mujeres y otras perlas más. 


De todos modos, dejé lo que estaba haciendo y me dirigí al rincón donde “Algoritmos sin fronteras” tiene su base. Les solté una frase de Lacan que no sé cómo me vino a la mente y que dice: “la verdad solo puede ser explicada en términos de ficción”. 


Ellos lo entendieron enseguida y, como la realidad es todo aquello que desconocemos y que no podemos reconocer ni expresar con el lenguaje, siendo nuestra percepción y expresión una ficción elaborada mediante el simbolismo, yo les cuento a ustedes, a través de mis palabras, historias que están fuera del espacio y del tiempo tal como lo conocemos hasta ahora. Sin embargo, la física cuántica nos advierte de que el tiempo y el espacio pueden ser una forma de expresar las cualidades de los objetos, una manera de percibir cuánta información comparten los objetos que forman el Universo. Y ya vemos que nada hay fuera del Todo, pues el universo es mental, según dicta el primer axioma del Kybalión. 


Así que, ahora que todos saben que llevan un universo dentro del cráneo,  que toda causa tiene su efecto y que somos parte del mismo conjunto de estrellas, hagan el favor de cuidar sus pensamientos, pues de ellos dependen su lugar en el espacio y cómo vivan su tiempo. 


Por lo demás, no se pierdan la exposición del ICO sobre la destrucción del bajo Manhattan en los años cincuenta, para construir el barrio donde antaño se alzaron las Torres Gemelas. Otro símbolo que acredita las leyes eternas del Universo. 



NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” que se grabó en noviembre de 2020. 


Música para acompañar: Space Oddity”, David Bowie. 


Fotografía ©️Amparo Quintana. Madrid, 31 de octubre de 2020


17 de octubre de 2020

Cuestión de lealtades

 


El erudito no considera el oro como un preciado tesoro, 
sino la lealtad y la buena fe. 
(Confucio)


Hay poetas insignes que escribieron para niños. De las primeras cosas que aprendí a recitar fue eso de que una lagarta y un lagarto estaban llorando porque habían perdido sus anillos de desposados, pero también ha crecido conmigo ese reino del revés en el que nadie baila con los pies y dos más dos son tres. Lorca, María Elena Walsh y tantos otros forman parte de mi educación, tejida con ovillos de lanas de mil colores y cosida con telas de texturas diferentes.

Hay otros poemas, otros autores, pero quizá estos a los que me he referido sean los que salen de mis entrañas cuando menos lo espero, en mitad del sueño o mientras pago la compra. Esos lagartos tristes, sumergidos en llanto y vestidos con delantalitos blancos me recuerdan que pocas cosas hay más importantes que ser leales, porque la lealtad implica honestidad, confianza, autenticidad. 

La historia del mundo está jalonada de episodios desleales y aun hoy, en este día y a esta hora, cerca de donde ustedes viven estará sucediendo algo con trasfondo de deslealtad absoluta, es decir, algo regado con las aguas sulfurosas de la traición y, por cierto, cuando hablamos de esto no hace falta referirnos a Lady Macbeth o a Bruto, basta simplemente, para traicionar a alguien, con emboscar la realidad y nublar la memoria con fuegos artificiales y voces huecas.

Hace unos días, los ilustrados okupas que habitan mi casa invitaron a desayunar a Lev Davidovich Bronstein, más conocido por Trotsky, con el fin de debatir algunas cuestiones de la nueva enciclopedia que están escribiendo. Cuando terminaron su reunión, el revolucionario de octubre quiso conocerme y agradecerme la vista que le hice en 2004 a la isla Príncipe. 

— ¿Cómo sabe que estuve por allá?

— Los seres nómadas permanecemos en los lugares donde el azar nos ha llevado — me contestó bajando la voz como hacen quienes se creen espiados — Las circunstancias nos impiden anclar, echar raíces, pero las ramas de nuestro árbol suelen ser grandes y robustas. Por eso la vi en esas tierras del Mármara, en la que fue mi calle, ante el que fue mi refugio. Y por eso también puedo hablar con los duendes de Coyoacán o los hielos noruegos. 

Saca un puñado de papeles de uno de su bolsillos y me enseña fotos, reseñas y artículos de antes de su depuración. En esos documentos es reconocido con múltiples méritos; aparece al lado de sus correligionarios o en actos oficiales. Sabemos que sus críticas al estalinismo le valieron el presidio, ser borrado de la historia oficialista, ser perseguido por medio mundo y acabar asesinado a manos de un cancerbero fiel a las órdenes de un sistema tirano, desleal y traidor con todo aquello que no casara con la “nueva normalidad” impuesta por un dictador disfrazado de otra cosa; un sátrapa de los que, sabiéndose inferiores, quieren a toda costa poner la guinda del pastel para que se hable de ellos y de sus obras, que por cierto normalmente van marcadas de ignominia, abuso y mezquindad. 

— A veces he pensado que todo comenzó cuando me rebelé y censuré la forma en que acabaron con el zar y su familia. No hacía falta tanto ensañamiento, tanta tierra quemada alrededor de Nicolás II. ¿Qué responsabilidad tuvieron sus hijos, parientes o lacayos acerca de lo que hizo el último emperador de Rusia? Pero siempre es así. También sucedió con mi familia y mis amigos; incluso inventaron un nuevo vocablo, “trotskista”, para señalar a todo aquel que era contrario a Stalin y al relato maquillado que, contra viento y marea, iba a imponerse hasta su muerte. Algunas personas, cuando se saben no aceptadas o puestas en tela de juicio, sobre todo si tienen poder o dirigen una nación, son proclives a trasladar el problema hacia otra parte y, así, elaboran la diabólica ecuación en la que la equis somos cualquiera y la equis siempre es igual a “reaccionario" y “enemigo del progreso”. Por eso tratan de reescribir la Historia. 

Seguimos hablando de su revolución permanente, que incuestionablemente pasa por señalar los defectos y grietas del poder gobernante, y de los días mexicanos en que plantaba cactus mientras canturreaba en español o escribía con Breton su manifiesto “Por un arte revolucionario independiente”, texto que aboga por la libertad ilimitada del arte respecto al Estado y los aparatos políticos. También me habla de Frida y del mirlo que cruzaba su frente, de aquel amor furtivo que resuena en su cabeza con la impronta de una voz grave. Y todo esto me lo cuenta en un castellano que huele a nopal, aluxes y rebozo. 

Al irse, me estrecha la mano advirtiéndome de que algunos querrán hacernos creer que el fin justifica los medios, — pero no se olvide, querida Amparo, de que no siempre hay algo que justifique ese fin. Manténgase alerta y guarde fotos, recortes, reseñas que, en tiempos de flojera, le demuestren que las cosas no fueron como las quieran pintar. 

La intensidad de esta visita me empuja a salir y dar un paseo por el parque del Retiro. Siempre he pensado que, a falta de espíritu nacionalista, el madrileñismo consiste en amar ese parque. De ahí que haya madrileños de  Lima, Nueva York, Huelva o Linares. Paso al lado del llamado Ahuehuete del Parterre, un árbol de más de veinte metros que la tradición dice estar ahí plantado desde el siglo diecisiete. Alguien lo trajo de las Américas y su tronco y su copa corroboran, a priori, que tiene muchos años y que sus ojos han visto muchas cosas. Como está protegido con una verja, no puedo abrazarlo ni buscar refugio bajo alguna de sus ramas. He de conformarme con interpretar su lenguaje y descifrar las palabras que me llegan a través del aire. 

Madrid es una cuidad amada y odiada a partes iguales. Cuando en los ochenta decíamos aquello de “Madrid me mata”, en realidad queríamos  decir que morimos por ella, por su resistencia cuajada de defectos, su desorden cargado de lógica, la luz magenta que tiñe fachadas y avenidas. Es una pena que, por estar en el centro de todo, por ser capital administrativa de un Estado dividido, sea la diana de todos los dardos. Por cuestión de lealtad al suelo que pisé cuando aprendí a andar, quiero a Madrid y me duele la ligereza con que disponen del destino de quienes la habitamos. Es más, este cariño a mi ciudad no me impide amar a Barcelona, San Sebastián, Málaga o Alicante y desear para todas ellas que no sean jamás víctimas de gobernantes, autonómicos o centrales, miopes y malhadados. 

Por eso, por cuestión de lealtad y aunque haya momentos de vértigo y vacío, estaré contigo, sí, contigo que ahora me escuchas o lees, cuando veas que la versión oficial te humilla.


NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado en septiembre de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí 

Fotografía ©️Amparo Quintana. Ahuehuete del Parterre. Madrid, 25 de agosto de 2020


4 de septiembre de 2020

La vida debe continuar (constant craving)

 


Poco a poco van abriendo los teatros y las salas cinematográficas. Algunas personas, como supervivientes de un naufragio, nos acercamos con ilusión, conjurando miedos, tristezas y los malos augurios que vaticinan que 2020 terminará como empezó, es decir, lleno de virus, mascarillas y gente enferma. 

Hace días estuve en los Teatros del Canal viendo la última obra del Colectivo Armadillo. Bajo el título de “Todas las cosas del mundo”, los actores desgranan la vida misma desde sus albores, el nacimiento de las palabras y esa identidad universal que todos llevamos impresa en nuestro ADN, pues el delfín es también el hidrógeno que expulsa al respirar, la muralla alberga al obrero que ayudó a construirla y cuando en Astorga un bailarín folclórico levanta la pierna en mitad de la plaza, en Adelaida una niña quizá esté a punto de levantarse para ir al colegio. Ninguna estrella nos es ajena, del mismo modo que ninguna de nuestras acciones quedan borradas del todo por muchos años que transcurran. Siempre hay algo que ayuda a aflorar recuerdos, como en esos cuadros cuyos lienzos han sido aprovechados varias veces para pintar distintas cosas y, con el tiempo, se trasluce un ojo en mitad de un camino o una bandurria entre el cielo de un atardecer. 

Por eso hoy me siento un poco la viga quemada de la catedral de Nantes, testigo mudo de un fuego capaz de transformar la realidad en cuestión de  pocas horas. Y esto, que el mundo sea capaz de ponerse patas arriba de un día para otro, es lo que al parecer no hemos asumido como humanos, a pesar de que la Historia está repleta de claros ejemplos. 

Cuando bajamos de los árboles y aprendimos a caminar erguidos, a manipular la piedra y los metales, a crear sistemas de creencias, a idear utopías o a fabricar naves, quizá no fuimos conscientes de que cuanto íbamos perdiendo en favor de nuestras conquistas y nuestra evolución no se destruía del todo, porque la energía y la materia solo se transforman. Así pues, aunque en el aquí y ahora seamos incapaces de concebir toda la acumulación de experiencias que nos han colocado en el siglo XXI, nuestras entrañas nos dicen que el éter está plagado de los eslabones que componen la infinita cadena que conforma la vida, desde el caldo pimigenio de Oparin hasta el último bebé nacido en este mismo momento. 

He leído la entrevista que le han hecho recientemente a un tataranieto de la emperatriz Sissi que, como todos ustedes saben, es mi amiga. Se trata de Leopoldo Altenburg, un actor que, entre otras cosas, colabora con una red internacional de payasos que ha llevado la sonrisa y la esperanza a cientos de personas durante los meses más duros de la pandemia por COVID-19. Parece que solo ha usado una vez su parentesco para conseguir dos entradas del musical que, sobre su famosa tatarabuela, se hizo en el país del vals. A él siempre le ha gustado el anonimato, pero ahora no lo dejan ni a sol ni a sombra porque alguna productora quiere hacer una serie sobre los Habsburgo actuales y necesitan documentarse. 

Le enseño a Sissi esa entrevista y, lejos de espantarla, parece que le agrada mucho que en la ya fantasmal corte vienesa solo quede un príncipe que también es bufón. Ella, que alentó algunos movimientos revolucionarios del siglo diecinueve y que fue consciente en aquellos convulsos años de que, en cuestión de reyes y reinas, los más estables son los de la baraja de naipes, dice que hablará con su descendiente para que en esa serie no la saquen como una flor alpina meliflua y sin color, sino que se atrevan a hablar de su anorexia producida por la sinrazón de un matrimonio que a ella le impusieron, de su amante húngaro, de su adusta tía-suegra que le arrebató a su hijo Rodolfo para aniquilarle la niñez y abocarlo a un suicidio en un valle del Danubio, lo que para Sissi, según me dice, fue de lo más doloroso que le tocó vivir. 

— Mire, frau Quintana, lo que sucede con las monarquías es que, por un lado repelen y por otro atraen mucho. Son vestigios que recuerdan el mundo que fue y ya no volverá a ser. Usted que lee tanto a Zweig, según he podido apreciar en su biblioteca y en los rimeros de libros que tiene sobre ese arcón, entenderá bien que la Historia cambia no cuando desaparecen las personas y las castas sociales que la conforman en un momento determinado, sino cuando los valores que las sustentan se esfuman. Abres un día la ventana y el paisaje ha cambiado. Cuando Luigi Lucheni atentó contra mi vida, no era a mí a quien mataba, de hecho yo no entraba en sus planes. Quiso la desgracia que la prensa se hiciera eco de que estaba pasando una días en Ginebra y, a falta del noble tras el que ese italiano iba para cazarlo, me tuvo a mí más a mano. Necesitaba una presa que simbolizara un sistema para él caduco y opresor. 

— Faltaban pocos años para el desvanecimiento del imperio — le digo a Sissi. 

— Y para el nacimiento de otra Europa — me contesta. Lo malo es que nada nace sin dolor; hasta una brizna de hierba hiere la tierra que la cobija. Por eso compadezco Felipe VI, porque le toca ser diana de unos dardos que, en realidad, no van contra él. 

Para Elisabeth de Baviera, que es en realidad como quiere que la llamen, los movimientos sociales van y vienen, como las modas, por eso es inútil abrazarse a uno ciegamente, pues cada vez cambia todo más deprisa. 

La Alemania surgida tras la II Guerra Mundial barrió de su parlamento tanto al partido nacional socialista como al comunista. Asimismo, cualquiera que haya viajado tras la caída del Muro de Berlín por los países que en su día conformaron el Pacto de Varsovia, habrá visto que en ningún lugar conservan las estatuas de Lenin, Stalin y otros próceres que antaño jalonaban calles y avenidas. Tampoco placas o inscripciones que recuerden ese pasado tejido tras el Telón de Acero. Los dirigentes que sucedieron a los de antaño quisieron barrer todos los vestigios que consideraban incompatibles con la nueva era que se proponían establecer. Sin embargo, las aguas del río siempre buscan el cauce y los ideales políticos su momento propicio. 

En 1982 se fundó en el Estado de Renania el Partido Marxista Leninista de Alemania, que sigue postulando la dictadura del proletariado y que se encuentra bajo vigilancia permanente de la Oficina de Protección de la Constitución por su “orientación maoísta estalinista” y su incompatibilidad con la Carta Magna germana. Este partido minúsculo, que apenas consiguió 2000 votos en las últimas elecciones, ha obtenido recientemente una victoria política y jurídica que ha puesto en alerta a las autoridades. Tras una larga batalla judicial, los tribunales autorizan a esta formación a erigir una estatua de Lenin de más de dos metros de altura ante su sede.

Esto puede extrapolarse a cualquier otro país, con cualquier otro pasado, pero con unos dirigentes parecidos que, a fuerza de imponer una realidad, olvidan que nada es exacto y que, cuando menos lo esperas, mamá Historia nos pega un susto. 

Por lo demás, el verano continúa tranquilo, asistiendo al descubrimiento de un nuevo estado de la materia (el condensado de Bose-Einstein) y un nuevo insecto de aspecto tan excéntrico que los científicos le han puesto el nombre de Kaikaia gaga, en honor a la cantante de pintorescos trajes. 

Y es que la vida, como el show, debe continuar. 


NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado en agosto de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí 

Fotografía ©️Amparo Quintana. Madrid, 20 de julio de 2020


11 de julio de 2020

Decimotercera enmienda






Estamos en verano, esa estación donde el ámbar y las higueras se funden hasta formar mundos de suma placidez, al menos para mí. Antaño mi corazón palpitaba a doscientos latidos por minuto, contando los días que me separaban de la estampida vacacional. Pero este año, queridos amigos, me siento como la letra de esa canción de Lucio Dalla en la que se ríe de las promesas de transformación que, con respecto al nuevo año,  anuncian las televisiones. 


Dentro de unos meses, cuando llegue el otoño y la vida me recuerde que cumplo un año más, quisiera pensar que ha valido la pena venir a la Tierra y y engancharme a la larga cadena de siglos que surgieron aquella vez que el universo estornudó y de sus narices surgieron la materia, el espacio y el tiempo. Luego llegaron las partículas subatómicas, los microbios, el magma, las plantas, los animales y, entre ellos, nosotros, los seres humanos, esos simios esquizoides que son capaces de avanzar y retroceder con la misma facilidad y con el mismo dolor. 


En nuestra vida cometemos errores, sufrimos desengaños y padecemos por mil cosas. Ante estas situaciones podemos rebelarnos, ignorarlo todo o inventarnos otra vida, pero no sirve de nada, porque las naves del recuerdo siempre llegan de noche para susurrarnos la realidad. Así que, por pura supervivencia, nuestro cerebro opta por integrar esas anomalías y buscarles remedio. Lo que a nadie en sus cabales se le ocurre es castigarse hoy por lo que hizo hace cuarenta años o cincuenta años y, si alguien critica algo sucedido en nuestro pasado, más de uno contestará que “eran otros tiempos”. 


Esto tan sencillo que aprendemos a hacer casi a la par que a hablar lo olvidamos cuando nos convertimos en muchedumbre. Llevo tiempo preguntándome por qué la gente se empeña en analizar hechos antiguos con ojos de nuestro siglo. Asistimos a esa especie de adanismo que promueve empezar de nuevo, enterrar lo que a la cosmología, la historia y la la filosofía les ha costado tantos miles de años conseguir. 


Guardo en mi armario una camiseta estampada con la fotografía de Pelé y Cassius Clay abrazándose el día que el brasileño se despidió de su carrera como futbolista, en 1977. Es una prenda con garra, de las que no pasan desapercibidas. Me enamoré de ella hace más de un año, cuando la vi en el escaparate de la tienda Cooligan, junto a camisetas de equipos señeros y  equipaciones de viejas glorias, de cuando el mundo se dividía en bloques, existía Yugoslavia y Marcelino marcó un gol de cabeza que celebraron hasta los españoles exiliados en Moscú. 


Esos Pelé y Clay de la camiseta me traen a una niña gafitas que se asoma al mundo asistiendo al asesinato de Martin Luther King, el nacimiento de los Panteras Negras y en cuya casa le hablaban de que en algunas zonas de EE. UU. se segregaba a la población por el color de su piel. Philip Roth, en su magnífica novela “La mancha humana”, describe las andanzas de un negro que llega a ser rector de su universidad y alguien muy valorado por la comunidad académica porque oculta pertenecer a su raza, haciéndose pasar por judío. 


Esa niña con gafas a la que acabo de referirme, gracias a las noticias que hasta España llegaban de las batallas campales que se diseminaban por los  alrededores del Mississippi, descubrió a Abraham Lincoln, cuya biografía leyó y releyó hasta desgastar las páginas.  Y cuando, pasados los años, visitó Washington, la joven con gafas en que se convirtió aquella niña corrió a ver el monumento erigido en su honor. Guarda desde entonces una reproducción de la decimotercera enmienda a la Constitución, proclamada bajo su presidencia y que viene a decir: “Ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto.”


La brutalidad policial ejercida durante la detención de un hombre negro,  George Floyd, hasta su asfixia y muerte, ha traído nuevamente revueltas y manifestaciones, resucitando la idea del asesinato selectivo por razón de la piel que, desde el verano de 1967, azota periódicamente al país de la decimotercera enmienda. Dentro de los altercados, la estatua de mi admirado Lincoln apareció pintarrajeada con frases del tenor de “que se joda la ley”,  “Jacky mato a JFK”  y alguna otra en alusión al 11-S. 


Como si se tratara de pólvora, el gusto por destrozar estatuas va corriendo por los EE. UU., emprendiéndola también con malvados imperialistas españoles del tenor de Bartolomé de las Casas o Fray Junípero Serra, de quienes cualquiera con estudios primarios sabe que han pasado a la Historia por justo lo contrario, es decir, por hacer valer los derechos del pueblo indígena frente a colonos, reyes y virreyes. 


Y como nunca falta algún europeo que enarbole cualquier bandera que le suene bien, al otro lado del Atlántico han arremetido contra la estatura de Fray Junípero en su tierra mallorquina y la del propio Voltaire en París. 


— Madame, no llore por mí, que tengo muchos años. Ya conocí el destierro y gracias a él, coincidí con Rousseau en Suiza y caté los vinos españoles de la mano de algún buen amigo. 

— ¿Sigue usted por aquí, amigo Voltaire? Creí que se había ido cuando acabó el estado de alarma. 

— Por aquí sigo y aquí me quedaré un tiempo más, si no le importa. Mire, le presento a Pascal, que hoy nos tiene como anillo al dedo.


Ante mí se levanta un Blaise Pascal más luminoso de lo que imaginaba y que se dedica, según dice, a transcribir las conversaciones de mis orquídeas, pues al parecer dominan el arte de la elocuencia (y yo sin saberlo). 


Hablamos un rato acerca de la locura colectiva que lleva al mundo a dejarse las cuencas de los ojos vacías y, por tanto, acaba guiándose por reyezuelos de un solo ojo pero mucha ambición. Pascal muestra curiosidad por Soros, a quien se le acusa de mover cien hilos a la par y cuyo poder  a la sombra puede ser leyenda, “pero también puede ser verdad”, me dice el filósofo con gesto pícaro. 


— Alguien que literalmente se hizo archimillonario en 1993 con una operación financiera especulativa que se llevó por delante al mismísimo  Banco de Inglaterra, madame, o tiene ojos y oídos allí donde los demás no pueden ni acercarse, o ha pactado con el diablo.


Hablamos de que su fundación filantrópica apoya movimientos aparentemente espontáneos y causas nobles con las que casi nadie puede mostrarse en desacuerdo. Lo malo es que, en general, esas reivindicaciones y campañas acaban pareciéndose a los múltiples focos de un incendio provocado y lo que es la protesta por la muerte de un hombre en calles americanas, se convierte en  una masa informe de incultos o aborregados que recorre también la vieja Europa a golpe de consigna para imponer, en definitiva, un mundo cada vez más fanático, más intolerante y más mesiánico. 


Pascal me recuerda que “cuando el hombre trata de ser ángel, acaba siendo bestia”, de ahí que debamos asumir nuestra naturaleza humana y no perseguir la quimera de crear nuevos mundos desde la nada, porque Adán solo existe en la Biblia y quienes jugaron a crear nuevas realidades, llevándose todo por delante, son mayormente recordados por el dolor que sembraron, pues tarde o temprano se descubre el engaño de prometer tres Navidades y más de trescientos días de fiesta al año, como cantaba Lucio Dalla. 


Miro tras el espejo que la realidad impone y pienso en aquellos budas que los talibanes volaron en Afganistán allá por 2001. Desde entonces, guardo a salvo mis recuerdos, por si acaso alguna normalidad de las que el poder se atreva a calificar como nueva, hace tabla rasa y nos incita a pensar que la Tierra es plana, el mundo tiene cuarenta años y el Sol da vueltas alrededor de nuestro planeta. 


NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” del mes de julio de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí


Fotografía ©️Amparo Quintana, Madrid, 17 de abril de 2018

23 de mayo de 2020

A las ocho, asamblea general





El mes pasado les comenté que había recibido la visita de un Voltaire cocinero y a fecha de hoy debo indicarles que continúa en mi casa, no solo  entre sartenes y cacerolas, sino entretenido con la televisión. Cuando me levanto o me acuesto, me encuentro a François-Marie atento a la pantalla y tomando notas en un cuaderno de páginas azuladas que parece no terminarse nunca, aunque él insiste en que cada tres o cuatro días estrena uno, solo que los mortales como yo somos incapaces de ver las tres montañas de libretas que, al parecer, se apilan junto a uno de mis armarios. 

Le he pedido permiso para contar desde aquí cómo es el confinamiento de este filósofo estelar y su contestación ha sido rotunda: 

— Madame, no entiendo a las gentes de este tiempo, más preocupadas por lo superfluo que por la sustancia. Están ustedes tan liados con eso de las autorizaciones, las dobles firmas y la intromisión en la vida privada, que se olvidan de preservar lo verdaderamente íntimo. Si yo no quiero que se conozca de mí tal o cual cosa, descuide, que no se lo mostraré a usted.  Eso sí, le ruego ponga negro sobre blanco mi estupor por el retroceso social que percibo y el destrozo que han hecho con la libertad por la que algunos de mis contemporáneos y yo mismo luchamos con tesón. Ya sabe que mis obras combatían el fanatismo y la intolerancia. 

Al poco de instalarse aquí, cambió sus ricas ropas clásicas por un vaquero y una camisa, que al parecer “se encontró” en uno de sus paseos por las tiendas cerradas de Madrid. Ese día también apareció con una camiseta enorme para dormir, calcetines de colores, unos zapatos de cordones y ropa interior que no quiso enseñarme. Dice que lo pagó todo con varias monedas de oro, pues alguien de su posición tiene el deber moral de hacer lo correcto incluso cuando no lo ven. 

— En general, no tienen mucho gusto para vestir, Madame. Me doy cuenta de que hombres y mujeres se acicalan prácticamente igual, con ropajes plebeyos de sencilla manufactura. Creo que ese es el germen de los males que les aquejan, que no son exigentes, que se acomodan.

Y continúa con improperios hacia los gobernantes y toda persona pública que se asoma por esa televisión que tantas horas le quita. Los tacos los suelta en francés, lo que convierte en chic lo que sonaría a macarra y barriobajero  en gargantas castellanas.

Cada día, a las ocho de la tarde, convoca una asamblea en el salón de mi casa, aprovechando que yo estoy trabajando o escribiendo en otro cuarto. Además de invitar a cuantos ilustres habitan el mundo paralelo de mi cabaña, ha llamado a varias de sus amantes, señoras de muy buen ver, a las que les dirige miradas más paternales que lascivas, todo hay que decirlo (será que los años no pasan en balde). Suele someter a votación diversas iniciativas legislativas contrarias a los decretos y órdenes ministeriales que, desde mediados de marzo, inundan el Boletín Oficial del Estado. Hay una comisión, presidida por Cesare Beccaria e integrada por Cicerón, Ulpiano, Francisco de Vitoria, Montesquieu, Savigny y un simpático Ihering, que prepara recursos y enmiendas al desatino jurídico que, les oigo decir, inunda este rincón de Europa. 

También, como ha resultado ser bastante burlón y travieso, los domingos organiza citas a ciegas de filósofos y pensadores. La más sonada y divertida ha sido la de Carlos Marx y Adam Smith, que acabaron cantando “La Internacional” en inglés y a ritmo de samba.

Ayer, la asamblea de las ocho aprobó por mayoría absoluta y con el único voto en contra de la emperatriz Sissi, empadronarse todos en mi casa para pedirle al gobierno de España una pensión de esas llamadas de “mínimo vital”. Quieren demostrar que vivimos instalados en el absurdo profundo. También votaron por unanimidad, incluida la emperatriz, que, en caso de conseguir sus objetivos y como son gente de bien, emplearán las pensiones en fundar una organización que, para caso de confinamientos futuros, faciliten a las personas teletransportarse hacia el tiempo o los lugares  donde quieran vivir. 

Esta mañana, mientras miraba desde mi ventana hacia calle Bailén y veía un Madrid sacudido por esta oscura noche infinita del alma, he pensado que en el fondo esa asamblea de espectros debería gobernar el mundo porque, como anhelaba Confucio, quizá sean ellos los individuos mejor preparados, los más honrados, los más fiables y competentes; en definitiva, los que mejor pueden servir al pueblo.

También creo que no está mal lo de la teletransportación esa de la que hablan mis queridos okupas. Probablemente sea yo de las primeras en reclamar sus servicios, para poder alejarme hacia el lugar donde “todas las mañanas del mundo” pueda estar a salvo de esos espantapájaros y fantoches desdentados que tanto miedo me dan. 



NOTA 1: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” del mes de mayo de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí

NOTA 2: “Todas las mañanas del mundo” es un homenaje a la novela de Pascal Quignard, donde se aborda la relación entre Marin Marais, violista y compositor de la corte de Luis XIV, y su enigmático maestro Sainte-Colombe. Fue llevada al cine en los años noventa por Alain Corneau y su banda sonora recoge la “Marche pour la cérémonie des turcs”, de Lully, que ameniza el corte radiofónico. 

Fotografía ©️Amparo Quintana, Madrid, 2 de mayo de 2020

8 de abril de 2020

Tú Taylor, yo Zira





La mayoría de ustedes conocen mi gusto por la ciencia ficción y las narraciones distópicas, que muchas veces vienen a ser lo mismo o equivalente.

Si echo la mirada atrás, creo que la primera película del género que vi fue “Viaje alucinante”, de la mano de mi abuela Amparo, una mujer con la que recorrí todos y cada uno de los cines del barrio de Salamanca en aquella España de los sesenta, donde a las entradas se les aplicaba un precio político como al café, el azúcar o el aceite y las taquilleras tenían un público adepto al que trataban siempre de complacer con localidades adecuadas a las necesidades de cada cual. 

Cuando vivimos en la infancia, nos identificamos con personajes y a veces estos nos abducen. Jugamos a ser ellos, a hablar como ellos, a comportarnos como ellos. A mí me abdujeron dos: la doctora Zira de ese planeta maravilloso que me llevó a la relatividad del tiempo y el espacio, gracias al accidente aeroespacial del coronel Taylor, y el señor Spock de aquella confederación intergaláctica que me sumergió en la física cuántica para siempre. 

Ahora, en estos tiempos de estado de alarma con limitación de derechos y libertades, he regresado a los siete u ocho años para mirar el mundo a través de los ojos de una primate y de un mestizo de Vulcano, pues de repente el futuro ha aparecido en nuestras vidas vestido de distopía. 

Parto de la base de que siempre, desde que el mundo es mundo, quien te impone o te niega algo te dirá que es por tu bien y créanme si les digo que entiendo las razones sanitarias que nos impiden acercarnos a nuestros semejantes a menos de un metro y que nos instan a lavarnos las manos, pero lo que no entiendo es por qué se nos habla de una pandemia en términos de guerra, por qué esos militares que aparecen en las televisiones y radios cada día nos tratan como si fuéramos soldados y por qué los representantes del Ministerio del Interior ponen tanto énfasis en las sanciones y detenciones que han llevado a cabo con quienes se saltan el confinamiento. Desde tiempos de Franco creo que no salía tanto militar en temas que son civiles, revestidos de uniformes y condecoraciones. Tampoco, desde que murió el de Ferrol, los políticos de izquierda han hablado tanto de patria, compatriotas y espíritu patrio, como si nuestra obligación fuera acudir a las trincheras bayoneta en ristre para combatir un virus que solo la ciencia y la investigación, con dotación suficiente medios,  pueden dominar. 

Esta actitud guerrera ha derivado en insultos y delaciones vecinales acerca de quien juega a la pelota en su jardín o pasea a su perro cantando y saltando. Las personas que padecen alguna dolencia del espectro autista se ven obligadas a salir a la calle con un pañuelo azul para que no las increpen y mucha gente está desarrollando un trastorno obsesivo compulsivo que le impide sonreír cuando al frutero se le cae una naranja al suelo. 

Y esta impronta bélica la percibo también en una recientísima sentencia de un juzgado de lo social de Madrid, donde el magistrado deniega la pretensión de un sindicato policial contra el Gobierno, pidiendo equipos de protección sanitaria, tachando a los demandantes (literalmente) de “quintacolumnistas” y apelando también al deber patriótico de no desalentar ni ir a la contra, es decir, parece que ahora es más patriota quien traga con todo y no cuestiona. ¿Qué necesidad hay en impregnar de vocablos ideológicos y ofensivos para una de las partes lo que, por esencia, debe ser imparcial? 

Siguiendo con esta danza y para acabar con lo que desde arriba tachan de bulos y noticias falsas, se despliega un ejército de acólitos por todas las redes sociales con el objetivo de desprestigiar a periodistas y divulgadores por el hecho de salirse del guión de la Moncloa. También se llama al papa Francisco para que inste a los obispos a cerrar la cadena COPE el mismo día que se reparten quince millones de euros del erario entre medios afines. 

“La civilización no suprimió la barbarie, sino que la perfeccionó e hizo más cruel y bárbara”, me indica un Voltaire que se ha saltado el confinamiento y ha tenido la insensata idea de viajar por Europa en estos tiempos. En realidad lleva en mi casa cuatro o cinco días, cocinando su comida porque mis gustos culinarios no son los suyos y contándome cómo el conde de Aranda le hizo más llevadero su exilio en Ferney gracias a los vinos que le mandaba desde España (creo que es una indirecta porque no encuentra bebidas alcohólicas en mi casa). Mientras echa pimienta de Jamaica y laurel de Aviñón a las perdices que rehoga pacientemente antes de cubrirlas con un caldo dorado que no sé de dónde ha salido, me advierte de que, aunque me cayera pena de destierro y todas las críticas del mundo, tengo que hacer, que decir, que moverme, pues los humanos solo somos culpables de todo lo bueno que no hacemos, por lo que pecamos siempre más por omisión que por acción. 

Compungida y pensando en sus palabras, me alejo de esos fogones tan ilustrados y vuelo hasta un hospital cualquiera donde se está apagando el aliento de un anciano que con los ojos cerrados me transmite el deseo de despedirse de sus hijos y veo en la pared el reflejo de esos hijos que, encerrados en su casa, lloran de impotencia ante lo que es inminente. El paciente se parece al coronel Taylor y, como conozco las aventuras de aquellos simios parlantes, sé que Zira confía en el humano y tratará de hacer justicia. 

Hoy la justicia se llama clemencia  en un mundo que orilla a los mayores, que habla de viabilidad a la hora de distribuir los recursos sanitarios, que amortiza sus vidas en aras de imaginarios beneficios sociales para los jóvenes. Un mundo que juega a la ruleta rusa con ellos porque al parecer la vida vale más o menos según las canas que peines o las arrugas que exhibas. Y Spock, con su lógica habitual y desde lo más profundo de mi cerebro, alza la voz para recordarme que, esquilmada la generación de nonagenarios y octogenarios, los mayores sobrantes serían los de setenta y sesenta años y así hasta llegar progresivamente a los treinta o veinte, porque el teatro del absurdo no tiene fin. 

Parafraseando a un Aute que acaba de dejar este planeta y que alertaba sobre los peligros del pensamiento único, solo me falta subrayar que hay demasiados profetas que son profesionales de la libertad, es decir, nos la cercenan a base de espejismos. Piensen por ustedes mismos. 

NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” del mes de abril de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí

Fotografía ©️Amparo Quintana. Salerno (Italia), 8 de agosto de 2018. La frase del muro viene a decir lo siguiente: "No se trata de conservar el pasado, sino de realizar su esperanza". Se le atribuye a  Theodor W. Adorno. 

26 de marzo de 2020

Seré cometa




El aire me hará cometa para elevarme sobre las nubes
y el sol me acunará silente cuando el cénit disuelva las sombras.

Seré cometa y sueño con que tú también lo seas…
cometas sin bridas para llevar color a los días de invierno
y que la gente agite sus pañuelos al vernos, 
que los perros nos ladren de alegría,
y los ancianos de las tribus nos bauticen con aliento de céfiro. 

¿Qué nombre te pedirás, entonces, cometa que me acompaña?
¿Cómo sabremos, las estrellas y yo, dirigirnos a ti?
Lo que no se nombra aún no ha nacido y yo quiero que vivas
en las constelaciones de espuma que sembraron con fe los argonautas. 



NOTA: Este poema es la respuesta al reto lanzado para escribir acerca de qué haré cuando termine el confinamiento por el estado de alarma decretado gubernamentalmente, sin pasarme de los quinientos caracteres. 

Fotografía ©️Amparo Quintana. Madrid, 2 de noviembre de 2019



3 de marzo de 2020

Carnaval en Troya



En sentido estricto, el carnaval lo componen los tres días que preceden el comienzo de la cuaresma y es época de máscaras, regocijo, bailes y charangas. Este año, Venecia ha suspendido el suyo por la epidemia generada por un virus con corona que parece acecharnos a todos, esperando en cualquier esquina a que bajemos la guardia, para así saltarnos al cuello y, como Nosferatu eterno, chuparnos la vida. 

Cuando estudiaba bachillerato elemental, nos decían que a los virus no se los considera seres vivos propiamente dichos; son una especie de código genético en estado puro, presto para multiplicarse a base de introducirse en cualquier célula y proveerse de energía. Como la vida me llevó por la rama de letras, cada vez que mi organismo se infectó de un virus aprovechado y promiscuo, la voluntad de mi alma sacaba una goma de borrar blanca, de aquellas que llamábamos “de nata”, tan blandita, limpia, con olor a parvulario, para atizarle al alienígena impostor y eliminarlo sin dejar rastro. Mis armas son así; se compran en papelerías y establecimientos afines. 

Esta pandemia de ahora fue vaticinada por el escritor estadounidense Dean Koontz en su novela “Los ojos de la oscuridad”, publicada en 1981.  Curiosamente, este escritor sitúa la irrupción del virus en unos laboratorios de la ciudad china de Wuhan y la trama corre a cargo de una poderosa arma biológica fabricada por los chinos y que solo afecta a los humanos. Es una especie de neumonía que se expande y escapa a los tratamientos convencionales. ¿Saben en qué año data el autor la tragedia? Efectivamente, en 2020. 

Estos saltos cuánticos que a menudo damos quienes guardamos gomas de borrar junto a los analgésicos, se han llamado a veces profecías, pero en realidad no es más que abrir la antena y sacar conclusiones a base de analizar lo que ocurre a nuestro alrededor, lo que ocurrió en otros siglos y leer entre líneas. Es decir, ser conscientes de que hay otros mundos y, como dijo Paul Éluard, están en este. 

Así que, convertidas las máscaras de arlequín en mascarillas hospitalarias,  los medios de comunicación se empeñan en que asistamos al conteo de personas que enferman de esta plaga, de quienes son dados de alta, de quienes continúan en cuidados intensivos, de los que han viajado a zonas peligrosas, de los que no se han movido de su barrio… y así hasta llenar los telediarios y demás soportes de noticias en una crónica que casi roza el mal gusto de lo morboso. Me recuerda a otra crisis sanitaria que hubo en España a principios de los ochenta, década en la que, aparte de música, lentejuelas y crestas de colores, se colaron malos aceites no aptos para el consumo en las cocinas de miles de personas, intoxicando a muchísimas de ellas y matando a más de tres mil. Aquella colza adulterada sembró el pánico, cuando lo cierto es que lo que más terror debe dar siempre es el ansia desmedida de algunos en ganar dinero a costa de lo que sea. Esa plantita,  la colza, que poca o nula culpa tuvo en el fraude letal, sigue apareciendo en margarinas y bollería, pero travestida de denominaciones menos explícitas, para no asustar y evitar que nadie compre tales productos. 

Paralelamente, con la actual crisis de este coronavirus que nos rodea aparecen plañideras lamentando la caída del turismo, del IBEX 35 o del Índice Nikkei, culpando a las gentes de tener miedo a ese robocop al que no consiguen echarle el guante. Todo es consumo, en este reino de esperpento en que hemos convertido el mundo contemporáneo.

— Señorita, señorita, haga usted el favor de sacarme de aquí.
— ¿Pero qué hace dentro de mi ordenador? 
— Ha escrito usted la palabra clave, “esperpento”, y me ha invocado.

Quien así se expresa es Valle Inclán, enredando sus barbas entre la fotografía que adorna la pantalla del portátil donde escribo. 

— Don Ramón, salga, por favor, que puede hacerse daño. ¿Quiere que le prepare un té? 
— Mejor un café de achicoria, que no estoy para lisonjas modernas ni extranjerismos. 

Y saca de su levita un pañuelo inmaculado, lo coloca sobre mi mesa y en él nace de repente una taza con ese bebedizo que parece gustarle tanto. 

— Me he atrevido a interrumpirla porque veo que tenemos gustos afines. El carnaval, la mascarada, tomar la parte por el todo… Sepa usted que es una bufona que señala los adefesios que otros ven con buenos ojos. 
— Lo tomaré como un cumplido, don Ramón. Viniendo de usted… ¿Qué le trae por mi casa? 
— Su casa es la casa de la Troya, a juzgar por el gentío que se agolpa en los armarios y estantes. Así que, si está abierta para unos que maldita gracia me hace escucharlos y olerlos, entenderá que también puedo dejarme caer por aquí. Sin ir más lejos, sepa que en en una de las sillas de su cocina tiene apalancadas sus posaderas la abogada de quien fue mi esposa y a la que no guardo aprecio alguno porque me desplumó en vida y tras mi paso a la eternidad. 

A pesar de su aparente temperamento hosco, Valle Inclán me contó con todo lujo de detalles el proceso judicial de su separación, tras una convivencia que llegó a hacerse insufrible con la actriz Josefina Blanco. Me habla de una mujer celotípica y cercana a la neurosis, que veía amantes hasta en la luz de las velas. 

— Y mire, joven, que en realidad no me dolió que me embargaran la mitad de mis ingresos para dárselos a Josefina, ni que difundiera bulos acerca de unas inventadas relaciones adúlteras. Lo que más me escoció es que llegara a ser la beneficiaria de los derechos de autor de mis obras, incluidos “Los cuernos de don Friolera”, que la escribí para hacer chanza de ella. 
-— ¿Qué dice usted, que don Friolera era su mujer?
— Por supuesto. Si en lugar de poner como protagonista a un teniente, pongo a una mujer, el esperpento no habría surgido, la gente no habría visto su imagen deformada, porque lamentablemente en esa época se era muy indulgente con los desvaríos amorosos de los varones. Así que ya lo sabe, don Friolera se inspira en los ataques de celos, en esos cuernos imaginarios que llevaba la madre de mis hijos. ¡Celos de mí, que inventé al marqués de Bradomín para conjurar mis complejos! La única mujer con la que pude ser  abiertamente cariñoso y atreverme a hacerle carantoñas fue Josefina, porque la conocí tan joven que no me intimidaba. Pero nada más salir de la iglesia de San Sebastián, donde nos casamos, me dejó muy claro que los seres humanos se dividen en perros y gatos y ella era una gata tirando a tigresa. Una mujer felina que, caída la República y anuladas las sentencias de divorcio, se convirtió en una viuda doliente que escribió por doquier cartas diciendo que yo era creyente y no sé qué más zarandajas. Lo cierto es que me ayudó mucho a creer en mí y crecer como dramaturgo, pero ideológicamente éramos como el agua y el aceite. 

También me contó que su mujer tuvo como abogada a Clara Campoamor, esa que, según él, se sienta en mi cocina y con quien no ha hecho las paces. 

Para despedirse, me pidió que le contara una historia esperpéntica que él no conociera y yo, que respeto tanto a los mayores, le hablé de un lugar sevillano, el Palmar de Troya, donde siempre era martes de carnaval, donde un papa preconciliar y ciego anunciaba castigos apocalípticos y se lo atribuía a la madre de Dios. Un paraje al que llegaban y siguen llegando millones de dineros de todo el mundo y que, a pesar de las excomuniones del Vaticano y de los claros indicios de conducta sectaria, fraudulenta y delictiva, continúa ordenando obispos y eligiendo papas vestidos como si acudieran a alguno de los bailes de máscaras de una Venecia medieval flotando sobre las aguas. En la Híspalis del siglo XXI existe un pontífice llamado Pedro III y, mientras Valle Inclán toma nota de cuanto le digo, se  le cuelan las palabras de Maquiavelo para recordarme que no podemos rehuir el combate si nuestro adversario está decidido a entablarlo sea como sea. Así que, contra virus, mascaradas y tropelías históricas, vivamos y vivamos en este presente... o en mundos paralelos.


NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” del mes de marzo de 2020 y que puede escucharse pinchando aquí

Fotografía ©️alguien del público durante la grabación del citado podcast en la Sala Artistic Metropol de Madrid, el 1 de marzo de 2020, con motivo de nuestro primer cumpleaños. De izquierda a derecha, Simone Negrín, Ana Lía de Urán, Mar del Rey, Sonia Jiménez Romero y una servidora, Amparo Quintana.