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2 de julio de 2022

El mal de Voltaire o la resistencia del grafeno

 



Investigadores de la Universidad de Maryland han descubierto recientemente una propiedad inesperada en el grafeno, esa sustancia compuesta de carbono, que es bidimensional y cuyos átomos forman una superficie ligeramente ondulada. Es como una red de agujeros hexagonales, todos ellos ordenaditos y sin roturas, no vayan ustedes a creer que es una red cualquiera. Es además el material más resistente de la naturaleza. Pues bien, ahora resulta que, además de esto, sus extraordinaria propiedades podrían desvelar la existencia de un universo paralelo al nuestro, resolver las dudas sobre la constante cosmológica y explicar cómo se formaron las partículas elementales. 


Este descubrimiento, como muchos de los que se ha sucedido a través de la Historia, ha sido inesperado, apareciendo casi de repente, pero parece que podemos concluir que nuestro mundo, nuestra realidad, nuestro universo es paralelo de otro y ambos interactúan constantemente entre sí. Puedo imaginarme a los científicos lanzando su ¡eureka! y escuchándose ese grito de alegría en el otro mundo, dicho sea esto sin connotaciones mortuorias, sino literales.  


En fin, comprenderán todos que, ante esa noticia, me sentí eufórica y corrí a compartirla con mis inquilinos para explicarles que, en los experimentos sobre las propiedades eléctricas de las láminas de grafeno apiladas, prevalecen unas condiciones energéticas especiales que se repiten siempre, produciendo resultados que se parecen a pequeños universos. Vamos, que a partir de ahora mi casa se llama "Villa Grafeno”. 


La verdad es que mis compañeros de piso, obviamente, no se han sorprendido tanto, porque ellos van y vienen a su antojo de un universo a otro, lo mismo les da que estos sean paralelos o convergentes, están en otro plano y las leyes del tiempo y el espacio no guardan secretos para sus etéreas personalidades.  Pero agradezco que hayan entendido que los humanos nos alegramos cuando los acontecimientos suponen una especie de refrendo a nuestras creencias. Tal es así que Didetot anda documentándose sobre el tema, para llevarlo a la Nueva Enciclopedia, con el permiso de un Voltaire que estos días no ha parado del Museo del Prado al Reina Sofía y de allí al Palacio Real, pasando por La Granja de San Ildefonso e IFEMA.  Se nos ha quedado en los huesos con tanto trajín y, como él dice, «tantos ojos que no ven y tantos oídos que no oyen». Ha resultado que no es tan fuerte como el grafeno que estudia su adorado “Didot”, como familiarmente le llama. 


— ¿A qué se refiere, François-Marie? 

— ¡Ay, madame Quintana! No entiendo por qué se ha reunido toda esa pléyade de mandatarios y acompañantes alejados de la gente. ¡Así cualquiera! Esos sí que han disfrutado de un mundo paralelo artificial y vacacional, decidiendo sobre cuestiones que le afectan a usted y a sus semejantes, pero sin tenerles en cuenta. Lamento decirle, Quintana, que estos de ahora son como los de Troya, como los de siempre; se amparan en el bien común para reforzar su bien particular (y alarga la u, como queriendo subrayar la traición que supone buscar acomodo personal y regalías disfrazadas de vocación y entrega abnegada en la res publica. ¡Qué gente he visto, madame! Unos ‘horgtegas’ de mucho cuidado como dicen por aquí.


Y luego me explica, bastante apesadumbrado, que él acudió a esas reuniones para comprender y tomar nota de un concepto que en sus tiempos no existía: la supranacionalidad.


— Y lo único que me he encontrado, ‘señoga’ mía, es el ansia por gastar más y más en armamento, acentuar lo que ustedes los mortales llaman la política de bloques y que salga el sol por Antequera. 


Como veo que la situación le supera y lo noto entristecido, prefiero no comentarle que se ha vuelto un castizo manejando refranes y dichos. Cualquier día me despierta cantándome el Caballero de Gracia…


Tal fue su experiencia que lleva recluido en el cajón de las toallas intentando reponerse; no habla con sus amigos; rechaza las tisanas que le ofrecen Sissi y Clara Campoamor y de vez en cuando se le oye suspirar y hasta llorar. Nos tiene muy preocupados a todos, porque si se hunde Voltaire, nos vamos pique. Cómo serán estas cosas del mundo etéreo que hasta Rousseau se ha manifestado anoche y,  olvidando las tensiones que ambos mantuvieron en vida, le trajo algunas florecillas silvestres  que dijo haber cogido sin estropear el entorno (ya sabemos que Juan Jacobo es muy mirado para eso de cuidar la naturaleza). 


De vez en cuando me llegan por telepatía los pensamientos del filósofo parisino (lo hace adrede, para conversar de forma muda y ahorrar energía) y sufre por contemplar cómo sin mentir de manera estricta, hay personas que sin embargo engañan. Para él, al fin y al cabo un aristócrata del pensamiento y de las costumbres, no existe perdón para el político que manipula, que siembra cizaña y que juega al ajedrez en tableros ajenos, es decir, en territorios que no son propios. Creo que odia profundamente lo que la OTAN supone y le chirría que hayan mencionado en la cumbre algunas de sus frases más célebres para pervertirlas porque, según Voltaire, no saben qué es la verdadera libertad, ni el derecho de los ciudadanos a pensar, opinar y manifestarse libremente. 


Lo dejo tranquilo, con la esperanza de que se recupere esta semana, pues regresa su querida Raffaella con nuevas coreografías. 


Por otro lado, parte de mis ocupas se han aficionado al fútbol femenino. La causa fue que hace dos meses la constelación de Libra, que anda un poco desubicada buscando su perdido equilibrio natural, me acompañó al teatro, a ver “Ladies Football Club”, una obra dirigida por Sergio Peris Mencheta en la que se recoge la peripecia del primer club de fútbol femenino de la historia, inglés como no podía ser de otra manera. Eran mujeres que, mientras los varones de sus familias fueron reclutados para marchar al frente en la guerra del catorce, entraron a trabajar en una fábrica de armamento, pues había que llevar el pan a casa. Un día, durante el descanso, se pusieron a jugar con el prototipo de una de esas bombas que, aunque destinadas a ejércitos enemigos, podrían despistarse y acabar en la trinchera de alguno de sus hombres. 


De ese juego recreativo pasaron a formar un verdadero equipo y competir con otras féminas y algunos jovencitos que, por edad, podrían ser sus hijos. Se ataviaron con uniformes negros confeccionados por ellas mismas y no tuvieron más remedio que acatar la regla que les imponía salir al campo con un gorro en la cabeza, ocultando el pelo.


A fuerza de cosechar fama y algunos éxitos deportivos, de enfrentarse a la escuadra alemana, provocar que surgiera la afición por los equipos femeninos y subir la moral de los hogares semivacíos, tras el armisticio regresan los maridos, padres, hermanos e hijos a sus respectivos domicilios y a los trabajos que abandonaron por razones patrióticas. Entonces las mujeres vuelven al sitio que tenían adjudicado antes de la I Guerra Mundial, es decir, a las tareas domésticas y al ocio que esos maridos, padres, hermanos e hijos entendían que era el más adecuado para ellas.  


Tanto es así que el fútbol femenino se prohibió en el Reino Unido y no se legalizó hasta los años setenta del siglo veinte. No perdamos, pues, de vista, que ejercer nuestra libertad al final depende de quien decide en qué batalla embarcarnos.


Se repite por ahí con demasiada frecuencia aquella frase de Flavio Vegecio Renato que parece conminarnos a prepararnos para la guerra si deseamos la paz, a mostrarnos fuertes frente al enemigo y que los adversarios no detecten nuestras flaquezas, como si los seres fuéramos débiles o fuertes en correlación al mal que estén dispuestos a provocar. Nadie piensa en el grafeno, cuya solidez y resistencia de sus átomos convive con su aspecto casi transparente, de apariencia frágil.  


Algunas personas son invitadas a visitar museos y comer cerca de esculturas y otras obras de arte, a pasear enseñando sus colas de pavos reales como como si el mundo se hubiera detenido, fotografiando cuadros que no permiten fotografiar al ciudadano medio, mientras al fondo una orquesta de Kiev entona melodías ucranianas. Eso sí, los banquetes son de estrella Michelín. 


Creo que entiendo lo que le sucede a Voltaire y me encerraré con él en el cajón de las toallas, hasta que llegue la Carrà. 



NOTAS: 

  • Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo, noticias de estos tiempos y de otros”, dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado el 2 de julio de 2022 y correspondiente a este mismo mes.
  • Fotografía ©️Amparo Quintana. “Marat Sade”, Naves del Español en Matadero. Madrid, 13 de febrero de 2021.
  • Música para acompañar: “La guerra que vendrá”, de Luis E. Aute. 


7 de abril de 2022

Las magdalenas no van a la guerra

 


No sé si son ustedes nostálgicos y ni siquiera sé si hoy es tiempo de andar con nostalgias, dada la vertiginosa velocidad con que cambia el mundo de un día para otro. Puedo imaginarme a un maestro, una doctora, varios estudiantes o al lechero de cualquier localidad realizando sus rutinas en una mañana fresca de finales de invierno y adentrarse en la primavera siete u ocho días después con la casa derruida, la escuela hecha añicos, su café favorito entre escombros o en la más absoluta soledad por haber perdido a quien lo cuidaba. Me pregunto si esas personas, sabedoras de que son el rompeolas donde azotan las aguas del mal en estado puro, añoran su vida de antes o solo pueden ir sorteando los desperfectos que las bombas, los disparos, los cortes de suministro y docenas de fechorías más van intoxicando sus entrañas a medida que el paisaje cambia y la vida se vuelve para ellas un páramo cuyo horizonte está muy lejos. Tal vez solo les queda vivir al día sin poder plantearse siquiera un ápice de morriña por sus animales, sus fotos, sus trofeos, esos recuerdos que, aunque habiten en algún lóbulo de nuestro cerebro, acaban yéndose cuando el corazón sangra de dolor. 


La última vez que sentí nostalgia fue en el invierno de 1969, echando en falta la familia que éramos pocos meses antes. Recuerdo que a través de mis gafas infantiles buscaba espacios seguros, imágenes afines al tiempo que fue y ya no volvería. Me empeñaba en tararear las felices canciones del verano y en conjurar la tristeza, esa invisible tristeza de los niños, dedicándome con ahínco a las cosas que me hacían sentir mejor, que me permitían conectar con mi mundo. Creo que ahí nació mi fascinación consciente por el cosmos. Desde entonces no he vuelto a tener nostalgia de nada y por eso me imagino que quienes sufren por algo que no han decidido ellos, como son las víctimas de una guerra, de cualquier guerra, en algún momento se deshacen de ese estado de soledad que es la añoranza, para poder tirar hacia adelante, pase lo que pase.  


Sin embargo, lo que sí experimento a menudo es la alegría contenida por un aroma, una melodía o un objeto remoto que aparece cuando menos lo esperas. 


— Eso es mi magdalena, señora mía — me dice un Marcel Proust que emerge de debajo de la mesa, donde permanece en huelga de hambre desde que Putin invadió Ucrania. 

— ¿Qué hace usted espiando lo que escribo?

— Los creadores no espiamos, Quintana; los creadores nos nutrimos de cuanto se extiende a nuestro alrededor para imaginar eso que usted llama “mundos paralelos”.

— No me negará que usted y sus colegas viven en un mundo paralelo al mío…

— ¡Calle, señora, por el amor de Dios! ¿Acaso piensa usted que está tocada de la gracia divina de habitar donde quiera? Su mundo es el mismo que el mío, poblado de sentimientos e ideas, donde los unos embisten a las otras y ganan y pierden alternativamente. 


Como usa un tono alterado, enfadado, cambio de tercio y le pregunto cómo lleva la huelga de hambre… 


— Haciendo honor a mi quinto nombre, podemos decir que la llevo marcialmente, sin aspavientos. Y no será porque sus amigos del siglo XVIII, la mayoría compatriotas míos, me tocan las narices de vez en cuando asando manjares y cociendo bizcochos…


Hablar con Proust es siempre un ejercicio de esgrima en el que él quiere ganar a toda costa. Desde que llegó a mi casa, el negociado de matemáticos anda engatusándolo para llevarlo a su terreno, tratando de aliviar un poco su mal genio. Ayer, sin ir más lejos, le prepararon una conferencia ilustrativa para demostrarle que las magdalenas por él añoradas (y tan frecuentes hoy como metáfora) beben de la mismas leyes que configuran los poliedros flexibles. Tendrían que haber visto a Raoul Bricard sacando de la nada sus octaedros y mostrando cómo algunas de sus caras se cortan entre sí, lo que permite que sean figuras articuladas formadas solo por aristas, que no se deforman, siendo este el principio que une sus poliedros con las esponjosas magdalenas que se mojan en café con leche.  


Esto me lleva a otra noticia de impacto, como es que en la Bienal de Venecia de este año presentará sus obras la primera artista humanoide. Se llama Ai-Da y compone poemas, realiza pinturas, esculturas, concede entrevistas y, además, se inspira en los más altos referentes culturales. Su propio nombre es un homenaje a Ada Lovelace, una matemática considerada la primera programadora de ordenadores, única hija legítima de Lord Byron. 


— Byron no está hoy; se ha enamorado de una camarera que conoció el día del baile en la calle con la señora Carrà — me avisa Kavafis —. ¡¡Pero a mí me interesa saber qué tipo de poesía hace ese artefacto!! Iré a Venecia, iremos todos allá y nos sentaremos a su alrededor — masculla entornando los ojos, como si quisiera ahogar su entusiasmo. 


Le explico a él que en unas declaraciones a la prensa, Ai-Da afirmó no tener sentimientos, pero reconoció la paradoja de que sean estos los que impulsan su arte, aunque sean los sentimientos ajenos.  


Diderot y los suyos escriben sin cesar para su Nueva Enciclopedia y se apuntan a ese viaje a la Bienal. La existencia de la androide les plantea importantes interrogantes filosóficos, como qué caracteriza la creatividad y el lenguaje humano, o si puede un robot crear arte por sí mismo. 


Reconozco que mi casa, esta primavera, está muy animada, sobre todo porque no paran de suceder cosas que pueden cambiar las leyes humanas y hasta las naturales. Así, por ejemplo, se acaba de descubrir una bacteria que puede observarse a simple vista y que ha sido identificada en el Caribe por un equipo internacional de investigadores. Se trata de una auténtica superbacteria de casi un centímetro de longitud, lo que contradice la definición clásica de los microbios, cuando nos decían que solo eran visibles al microscopio. La han bautizado con el nombre de “Thiomargarita magnifica” y su hallazgo, para mí, demuestra que nada hay más inseguro que esa seguridad científica a la que recurren algunos cuando carecen de argumentos sólidos para fundamentar por qué se cierra un hospital homeopático o por qué desaparece la filosofía en la enseñanza secundaria. El mundo nunca fue cartesiano, por más que se empeñara Descartes, y ni siquiera el alma está separada del cuerpo. Ciencias y letras van de la mano, como siempre demostraron los verdaderos sabios, desde el mundo clásico hasta la Ilustración, pasando por el Renacimiento. 


Esta idea global y holística de las cosas entronca, en cierta forma, con el pampsiquismo, una teoría que sostiene que la conciencia no es exclusiva de los seres humanos, pues impregna todo el universo y es un rasgo fundamental de la realidad. En esta corriente se zambulleron Platón, Aristóteles, Giordano Bruno, Spinoza o Leibniz, por citar solo unos cuantos.  


Según el pampsiquismo, la conciencia está en todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente', sino que los elementos de construcción esenciales del universo, como pueden ser los quarks y los electrones, tienen formas de experiencia. No es que un plato o un armario sean conscientes, sino que las diminutas partículas elementales de las que están hechos tienen algún tipo de experiencia aunque sea rudimentaria. 


Por eso, en un mundo en que los androides pueden ser artistas y un algoritmo danés ya traduce el significado de los gruñidos de los cerdos, es fácil entender que mis electrones experimenten la misma desolación, repulsa y rechazo que las partículas que conforman una antena de radio en Kiev. 


En 1205, un joven llamado Giovanni di Pietro Bernardone desertaba del ejército al no querer combatir contra las tropas germanas. Camino de la Puglia  para luchar en nombre del Papa, desertó cuando oyó un eco que le empujaba a regresar a su ciudad natal, Asís. 


Con el deseo de que muchas personas escuchen ese eco y cese la guerra a la que son enviadas, mis pensamientos están con quienes sufren los desmanes de unos conflictos que no han ocasionado ellos, estén en un bando u otro.  


NOTAS: 

  • Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo, noticias de estos tiempos y de otros”, dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado el 6 de abril de 2022 y correspondiente a este mismo mes.
  • Fotografía ©️Amparo Quintana. Sdei Trumot, Beit She'an (Israel), 11 de agosto de 2019.
  • Música para acompañar: “Ill follow him”, de Marcel Pourcell y Paul Mauriat. Arreglos: Pedro Vilarroig. Interpretada por la orquesta y coro de “Voces para la Paz”, dirigidos por Félix Redondo. 

11 de febrero de 2022

Raffaella o el optimismo de cada día



El pensamiento optimista es aquel que nos invita a vislumbrar la primavera cuando son las cinco de la mañana y fuera está cayendo una invernal helada. El pensamiento optimista no es aquel que ve el vaso medio lleno, sino el que, sabiendo que falta líquido, se pone a pensar sobre las posibles cosas que pueden hacerse con el agua que queda. El pensamiento optimista es, en definitiva, un pensamiento realista y activo. Por eso cada vez me gustan menos los pesimistas, porque solo se quejan, solo anuncian catástrofes o nos advierten de peligros, pero no actúan (seguramente para que la realidad no estropee sus vaticinios). 


Traigo esto a colación porque la junta escolar del condado de McMinn, en  Tennessee, ha prohibido que los alumnos accedan a la novela gráfica “Maus”, que como casi todo el mundo sabe es una obra que denuncia el genocidio judío y el nazismo de una forma tan magistral que fue premiada con el Premio Pulitzer  en 1992, siendo así el primer cómic que se alzaba con tan preciado galardón. Los integrantes de esa junta rectora ven peligroso que haya viñetas con mujeres desnudas y, sobre todo, porque "les parece” que el ilustrador también ha sido dibujante de la revista Playboy. El 27 de enero se ha celebrado en todo el mundo el Día del Recuerdo del Holocausto y Edith Bruck, superviviente de Auschwitz, tuvo una audiencia con el papa Francisco. Las cámaras recogieron el sentido abrazo de ambos. Al ver la foto que ha salido en prensa y sabiendo que ella fue llevada al campo de concentración cuando era una niña y que sus padres murieron allí, he imaginado a su madre desnuda en alguna de las cámaras de gas que con tanta frecuencia usaron los nazis y doblemente desnuda en las carretillas con que llevaban los cuerpos a los crematorios. ¿Puede alguien atisbar alguna coincidencia con el Playboy en ello?  Supongo que, entre bourbon y bourbon, la junta escolar del condado de McMinn quizá pretende evitar que alguien escriba y dibuje otra novela ilustrada basada en su memoria pasada, la de ese sur en la que algunos blancos vestidos con capirotes sembraron el terror entre los habitantes de piel más oscura. Hablamos de esa triple ka violenta, racista y prima hermana del nazismo. 


Si la publicación de “Maus” me pareció optimista porque su autor, Art Spiegelman, daba a conocer la experiencia de su familia, su prohibición en las aulas me resulta de un pesimismo palpable porque entronca con la censura, con esa idea de que nadie es capaz de pensar por sí mismo. Me recuerda a lo que Michel Ofray expone en sus obras filosóficas, es decir, que nada escapa al dominio de la negatividad y que este factor entronca con el odio hacia uno mismo. Un pesimista, por tanto, no se ama. 


Ese pesimismo también se aprecia hoy con eso que llaman “guerra inminente” entre Rusia y buena parte de Occidente por el deseo de invadir Ucrania. Parece como si el conflicto armado fuera la única salida y así nos lo están contando cada  día, como quien relata el final de la liga de baloncesto, con una naturalidad que  me deja la sangre helada. Los de mi generación, aunque no hayamos vivido las guerras mundiales y la de España del siglo XX, en realidad hemos asistido a demasiadas guerras diseminadas por todos los continentes: Vietnam, Israel, Colombia, Libia, Somalia, Iraq, Congo, Chechenia, Yugoslavia… y podemos afirmar que ninguna ha resuelto nada a nivel global, abriendo heridas que supuran de vez en cuando. La guerra es un fracaso para la especie humana. 


Por contra, el optimismo se ha instalado en mi casa últimamente. Una Raffaella Carrà enfundada en un mono luminiscente se coló la otra tarde, atraída por la lamentable lasaña que estaban cocinando un Wagner hambriento y una Sissi siempre inapetente. ¡Qué bronca les echó! Pero la Carrà, muy suya, chascó los dedos y al momento aparecieron los ingredientes correctos. Yo no daba crédito a cuando veía: cazuelas, sartenes y bandejas de horno volando y trabajando solas, bechamel borboteando sin ninguna mano que la removiese, tomates friéndose mientras las verduras y hierbas se picaban a sí mismas silbando melodías napolitanas. En fin, es lo que tiene habitar otros mundos, que te cambia la perspectiva.


Le pregunté a Raffaella que, aparte de enseñarles a guisar a esos dos, por qué se había presentado de repente y ella, con ese movimiento de cuello tan característico, me dijo que, como el Ayuntamiento de Madrid le ha dedicado una plaza en la calle Fuencarral, estaba aquí para verlo y celebrarlo, aprovechando que anda próximo el 14 de febrero. Dice conocer muy bien el barrio que la homenajea y por él se pasea a todas horas. Uno de sus lugares favoritos es la iglesia de San Antón, por la que se acerca a menudo para ayudar en lo que puede. Siente debilidad por los sordos que acuden a confesarse sirviéndose de una tableta, porque, según me dice, a veces hablan y hablan y se olvidan de escribir en ella sus preocupaciones. Ella les lleva la mano para que no pierdan el hilo y puedan comprenderse entre el sacerdote y ellos. 


La llegada de la italiana ha revolucionado a mis fantasmas hasta tal punto que andan ensayando una coreografía, pierna arriba, brazos al frente, para estrenarla en la plaza el día que ordene la Carrà. Bueno, a todos los fantasmas no, porque doña Emilia Pardo Bazán se ha ido al pazo sin entender nada de nada. Se negó a participar, yo creo que por ciertos celillos al ver a sus compañeros centrados en recoger a la italiana y elevarla por el aire dando piruetas. 


— Vaya cuerpo de baile vas a tener — le digo a una Raffaella radiante. 

— Jamás lo hubiera sospechado cuando habitaba en la Tierra. Ninguna pitonisa me lo aventuró ¡¡y mira que me gustaban todas las mancias!! 


Mientras ellos mueven las caderas y cantan que les explota el corazón, me entero de que en el metaverso, del que he hablado en algunas ocasiones, podemos comprar ropa de lujo para nuestros avatares. Las mejores y más caras marcas a este lado del mundo ya ofrecen sus creaciones para que en la realidad virtual podamos lucir de Gucci, Dior, Chanel o lo que queramos, eso sí, previo desembolso del monedero digital.


Me da la impresión de que los artífices de este metaverso de cartón piedra no son tan creativos ni audaces como ellos creen y que están reproduciendo allí las mismas flaquezas de aquí. Puestos a pedir, yo me pondría las gafas mágicas de la evasión, esas que te dan acceso a la realidad virtual, si pudiera hacer la revolución silenciosa, hablar con los monos, ser astronauta, cantar ópera o graduarme en lenguas semíticas estudiando solo un mes, pero mirar escaparates y probarme los mismos modelos que encuentro en cualquier acera, la verdad es que no solo no me subyuga, sino que me reafirma en la idea que ya he manifestado tantas veces desde aquí: nuestra matrix es consumista, infantil, corta de inteligencia y esclavizadora, capaz de mantener a la humanidad en ese nihilismo pesimista que la deshumaniza. 


Y a propósito, China amenaza con no estrenar en su territorio la última secuela de “Matrix” porque Keanu Reaves ha hablado a favor de la causa tibetana. Exigen que el actor se retracte, cuando para mí lo normal sería que fueran ellos quienes devolvieran el Tíbet a sus gentes y que los monjes regresaran del exilio para ver de nuevo el cielo de su país. 


Parece que el gobierno chino también milita en el pensamiento pesimista. ¡Viva el Tíbet y viva Ucrania!



NOTAS: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del podcast “Te cuento a gotas” grabado el 1 de febrero de 2022, correspondiente a este mismo mes y que puede escucharse aquí https://www.ivoox.com/optimismo-a-ritmo-raffaella-carra-mamas-mamas-audios-mp3_rf_82167090_1.html


Música para acompañar: “El cielo del Tíbet”, de  Mara Elvia Gutierrez Gutierrez, interpretada por  Ana Cirré. 


Fotografía ©️Amparo Quintana. Objetos tibetanos. Madrid, febrero de 2022.