18 de mayo de 2011

Pecados capitales: Lujuria, gula y algo más



Cuando era niña, asociaba lujuria a lujo, sin duda por la similitud fonética de ambas palabras. Además, en mi mentalidad infantil todo cuadraba, pues qué peor cosa para los cristianos que arrojarse a los pies (o patas) del becerro de oro, vender el alma por la opulencia y pensar que todo está al alcance de la chequera. Era lógico, por tanto, que el ansia sin medida de pompa y oropel se castigara y se elevara a la categoría de pecado capital.
Pasó el tiempo y, aunque pude desligar los conceptos que encierran tales vocablos, reconozco que he seguido percibiendo obscenidad en ciertas exhibiciones relumbronas. Si la lujuria trae de la mano la impudicia, la sordidez y la indecencia, impúdico, sórdido e indecente es también que el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Strauss-Kahn, se aloje en habitaciones de hotel que cuestan tres mil dólares la noche, cuando desde el organismo que representa llevan varios años recomendando recortes del gasto público, rebaja de salarios, amortización de empleo y mano dura con los países derrochadores. Nuevamente la vida, que es tan obstinada, me ha servido lujuria y lujo en el mismo envoltorio
La prensa habla de las andanzas libidinosas de este hombre, del presunto delito por el que fue detenido hace unos días, de su amor al boato y la ostentación..., pero casi nadie se cuestiona el hecho de que individuos así ocupen cargos como el suyo.
El próximo domingo, en España, habrá elecciones municipales y autonómicas. Circulan por ahí los nombres de más de cien candidatos con causas judiciales pendientes. Son de casi todos los partidos que cuentan con representación en las diversas administraciones del Estado. Dejando a salvo la presunción de inocencia, de la que siempre he sido una firme y tenaz defensora, lo que sí está claro es lo poco que importa, para medrar en política, que los otrora llamados próceres hagan caso omiso de lo que exigen al resto de la ciudadanía.
La ambición de darse todos los caprichos pasa por codiciar cuerpos, trajes, mansiones, drogas, amistades y un sinfín de cosas más, por saciar un hambre que les nubla la conciencia hasta el punto de no importarles más que ellos mismos. Se ven tan poderosos que no se imaginan reventando como lo haría un vulgar neumático al pasar por una calzada llena de cristales. Como el niño glotón que trata de esconder las migas de un bizcocho que se acaba de zampar, así aparecen estos personajes ante nuestras narices.
Efectivamente, es lujo-lujuria, pero también gula. ¿Vamos a dejarnos comer?