23 de diciembre de 2019

Cantos rodados



"Like a complete unknown, like a rolling stone" (Bob  Dylan) 
En una antigua nave textil de la provincia de Córdoba, se esconde una litoteca que, bajo el cuidado de la Sociedad Geológica Española, atesora cientos de miles de muestras de nuestro subsuelo. En mi amor por las piedras, me encantaría ir alguna vez allí para ver, oler, tocar y tal vez escuchar lo que nos cuentan areniscas y silicatos. Es un monumento a la verdadera memoria, a las entrañas de la tierra que ya no pisamos, porque nuestros pies patean unos suelos modificados por la acción humana. Basta ver que, perforando y tunelando decenas de metros de profundidad, muchas veces encontramos restos de otras ciudades, con sus murallas, plazoletas y calles. 

Si volviera a nacer, sería mineral. Ya he transitado bastante por el reino animal y me estimula mucho pensar que puedo traspasar esa línea y percibir el mundo como un feldespato redentor, una turmalina juguetona, una molécula de agua o tal vez lava de un volcán sideral. Creo que nos equivocamos si nos limitamos a percibir esas rocas, conchas y cristales como la antítesis de lo viviente y me explico: si la auténtica vida va ligada a la memoria como hacedora de recuerdos, portadora de información y facilitadora de experiencia, ¡imagínense la vida que tiene el magma solidificado!

Este verano, subiendo al monte Tabor y vislumbrando el camino a Damasco desde lo que en tiempos fue la Puerta del Viento, me convertí en esa chinita de arena que a menudo se nos mete en el zapato y aparecí en la sandalia de Abraham cuando apretaba el paso para encontrase con Melquisedec, que lo ungió como el mago de Marsella unge a quienes caminan atentos a los latidos de la tierra.

Esos latidos de la tierra debió de escuchar Lavinia Fontana, cuya obra puede contemplarse estos días en el Museo del Prado, en una magnífica exposición que comparte con su contemporánea Sofonisba Anguissola. Nuestra Lavinia renacentista, que un buen día decidió pintar desnudos humanos, sorteó la censura social y la maledicencia de sus colegas recurriendo a la mitología clásica y, de este modo, hoy podemos contemplar a Marte agarrando las posaderas de Venus con arrebatada pasión, ambos, por supuesto, en cueros y sin más aditamentos que aquellos que sirven para identificar sus arquetipos como dios de la guerra y diosa del amor. También nos presenta a una Minerva mientras se despoja de su coraza y casco, saliendo a la luz la mujer que late dentro de ella. 

Pero hay más que desnudos. La señora Fontana vertió toda su sabiduría retratando a Antonietta Gonsalvus, una niña de once años con el rostro completamente cubierto de pelo, debido a una enfermedad heredada de su padre, Petrus Gonsalvus o Pedro González, también conocido como el Salvaje Gentilhombre de Tenerife. Esta pintura, lejos de mostrarnos a un monstruo o a un fenómeno de feria, nos devuelve la imagen de un ser humano bello, capaz de amar y de ser amado, que mira al espectador sosteniendo una hoja de papel que parece una carta y nos indica que no era analfabeta, que pensaba y, por tanto, merecía el mismo respeto que los nobles o el clero de la época. 

Creo que la obra de Lavinia Fontana es revolucionaria porque, al dibujar el alma de las personas, señala las diferencias que hay entre unas y otras, normalizando tanta disparidad. 

Siguiendo con exposiciones, en el Thyssen he visto un montaje a base de telas de araña y ópera. Partiendo de la idea de que esos animales oyen a través de sus patas y tejen sus lienzos para atrapar a otros seres, me di cuenta de que la música para mí también es una seda envolvente que me transporta a esos otros mundos que, por estar a centenares de años luz del nuestro, aún no han nacido. 

Contemplando la vida de las arañas me acordé de cuando, de pequeña, mi abuelo Miguel me llevaba al Museo de Ciencias Naturales y allí, de su mano, me extasiaba ante las vitrinas de los escarabajos y de los minerales. Para mí era un universo colorido y fantástico, capaz de emocionar a una niña oficialmente sin uso de razón y, por tanto, sin adulterar aún. Y esa niña todavía pervive en las piedras que hurto a los caminos o en la boca que abro ante los tonos anaranjados de ciertos amaneceres. 

Ya me lo dice Orión, sí, sí, la constelación. Hablo con ella casi a diario porque se vino a vivir muy cerca de mi casa; somos vecinos. Cuando menos lo espero, golpea la ventana y, con el pretexto de pedirme una galleta para su perro, me cuenta historias y cotilleos. Una vez me dijo que podía caminar sobre las aguas porque Poseidón le regaló ese don, a cambio de la ceguera que padece desde crío. Ahora bien, como de joven fue un poco engreído, fanfarroneó acerca de que podía vencer y matar a todos los animales. La Madre Tierra se enfadó muchísimo y le mandó un escorpión gigante que acabó son su vida. 

Pero todo tiene un lado amable, me dice Orión, pues las diosas a las que encandiló con sus encantos rogaron que Zeus lo convirtiera en constelación por los siglos de los siglos. Y el paterfamilias del Olimpo accedió a ello, pero también creó junto a él la constelación de Escorpio (¡toma karma!). 

Mi amigo Orión me aconseja que jamás dé nada por definitivo, pues lo que hoy es blanco mañana puede cambiar de color y me dice, como podría hacerlo mi abuelo, que la rueda de la fortuna nos convierte a muchos humanos en cantos rodados que inician su viaje hacia Itaca o Damasco sin más certeza que la arena que pisan. 

Fotografía ©️A. Quintana. Petra (Jordania), 11 de agosto de 2019

NOTA: Este artículo forma parte de mi intervención “En paralelo", dentro del programa radiofónico “Te cuento a gotas” del mes de diciembre de 2019 y que puede escucharse pinchando aquí